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miércoles, 22 de agosto de 2007

¿Así de sencillo?


Así parecería creerlo Hugo Chávez. ¿O fue más bien un deseo, proferido en tono de murmullo, esa expresión que concluyó con el artículo que, a hurtadillas, propone la elección interminable, que no indefinida, para el cargo de Presidente de la República? Hugo Chávez, con esa forma casi tímida de plantearlo, nos está pidiendo que no nos detengamos en esto, que, al fin y al cabo, es una minucia cuando la vemos a la luz de ese país glorioso e increíble que él tiene en su alocada fantasía.

Pero, realmente, ¿es tan así de sencillo? ¿Es que habla en serio? ¿Es que cree que la vida -y la historia que se despliega con los días- de un país es cuestión de unos cuantos artículos de una Constitución de la que, después de todo, él ha sido su mayor violador, su gran depredador? ¿Lo cree de verdad? Más aún, ¿cree que él es el hombre para semejante tarea, para obra tan ciclópea?

¿Se siente Hugo Chávez un Mahoma, un Genghis Khan, un Pedro el Grande? Ellos figuran en el escogido club de los hombres que realmente tuvieron tal incidencia en sus pueblos que, a partir de ellos, y desde ellos, esas sociedades presentaron unos rasgos que desconocían hasta la aparición en escena de su eficaz liderazgo.

Ojo, que cuando digo unos rasgos, me quedo allí y no voy más allá, ni prodigo ditirambo alguno. En efecto, la distancia entre lo que estos hombres pretendieron y lo que permaneció luego de su desaparición, es grande. En algunos casos, ¡bien grande! Para quien lo dude, que vea hoy qué son los pueblos mongoles y con calma contemple la Rusia actual. A lo mejor y fue sólo San Petersburgo la obra duradera del zar Pedro. Vaya usted a saber.

Aquellos hombres tuvieron mucho, pero mucho más poder que el que Hugo Chávez podría tener nunca y aún así hubieron de desplegar todo tipo de habilidades políticas para labrar los consensos y coaliciones que les garantizarían ese poder y algunas de las reformas que pretendían lograr.

Nunca dependieron de un recurso natural cuya fortaleza colgara del favor de sus enemigos y jamás fueron dispendiosos con lo que tenían a mano. Sabían que no hay lealtad ni alianza más frágil que la que se compra. Más aún, sospechaban que es como el chantaje, que con el éxito se torna voraz. Si no, observen a los recipiendarios de adentro y de afuera: ¡insaciables e ingratos!

Cambiarle a los venezolanos su idea sobre la propiedad. O peor, ponerla en manos de gente del Gobierno, porque eso es lo que, en definitiva terminará siendo; cambiarles su geografía político-administrativa; inventarles unas fulanas ciudades socialistas en las que se les confinaría; montarles un papá-Estado que los vigile día y noche y encima, como gran regalo para todos: ¡un Presidente eterno! Bien difícil. Y bien alejado de lo que este país ha sido siempre. Por fortuna.

En esa obra magna, ésa que lo hace imaginarse a sí mismo como un titán de la historia, Hugo Chávez tiene que despreciar -y dejar de lado- lo único que los venezolanos quieren en este momento: no ser asesinados cualquier tarde en cualquier vereda y el ahorrarse ver cómo, en sus mismas narices, unas minorías de bandidos se pavonean con sus petrodólares por cualquier aeropuerto extrañamente descuidado.

¿Y el Presidente? Bien, gracias. Viendo pa'otro lado. Para su lado, que es el único que le importa.

No hay, ni ha habido, ni habrá hombre -o mujer- de Estado que pueda sostenerse en el poder, en el real, el efectivo, desoyendo los continuos pedidos de la población. Estar de espaldas a lo que la gente realmente quiere y pide es una receta para el desastre. Aunque para llegar al suyo ese hombre de Estado lleve a su nación al mayor desastre, como el bandido de Robert Mugabe en Zimbabwe. Dentro de poco, lo que él generó se lo llevará por los cachos.

Al mismo tiempo, no hay hombre o mujer sobre cualquier tierra que esté dispuesto a ser llevado y traído de aquí para allá, a ser expoliado por una pandilla de malvivientes, a ser objeto de mofa cínica por un gobierno burlón, a cambio de nada. Más temprano que tarde dirá, ¡hasta aquí y hasta hoy! Ta'bueno ya.

El tiempo corre para este "fundador de pueblos" y la paciencia de la gente se agota। No habrá promesa absurda para un mañana imaginario que la pare, ni Proyecto fantasioso que posponga su ira. Cuando llegue el día de las facturas ni lo abrumado que su cuantía y magnitud les pongan detendrá su cobro. En el entretanto, es hora de responder y a todos nos toca burlar esta trampa de las oferticas y apuntar a lo esencial. Y lo esencial es: ¡No a la reforma!

Antonio Cova Maduro