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domingo, 1 de noviembre de 2009

Egipto mágico con IMAGE TOURS Capítulo VI



El poblado Nubio

Egipto ha sido invadido por muchos pueblos después de que las dinastías del alto y bajo Egipto se extinguieran. Los últimos en llegar y de los cuales son en su mayor parte descendientes los actuales habitantes del Egipto, fueron los musulmanes, que invadieron Egipto en el año 616 D.C. Las gentes del pueblo Nubio son quizás los últimos reductos de los descendientes directos de los antiguos habitantes del Egipto faraónico, por lo que es casi obligado hacer una visita a uno de sus poblados, aunque se trate de una visita organizada. La visita en si, y menos de esta forma, no nos va ha proporcionar mucha información sobre sus costumbres y forma de vida, pero si nos mostrará algunas de las diferencias tan considerables que hay entre ellos y el resto; además, son solo 30€
Los hombres nubios son más altos que los demás y en ocasiones tiene ojos azules, algo realmente peculiar teniendo en cuenta que son de piel negra africana. De pelo siempre rizado, se distinguen también por que algunos son rubios. Las mujeres jóvenes que pudimos ver no tapan completamente su rostro, sino que llevaban un velo simple que les cubría el pelo, un velo que dejaba ver la inusual belleza de sus ojos y rostro.
El pueblo nubio vive apartado de los grandes núcleos urbanos y conserva un idioma y tradiciones propias. Algunos de ellos viven en las tierras que, por motivos puramente turísticos, el gobierno egipcio les ha cedido al lado del Nilo. Actualmente sus escasos ingresos son proporcionados por el turismo, la venta de artesanía y fundamentalmente, por la agricultura tradicional del Nilo. Antaño, se dice que fueron los guerreros más temibles de Egipto y un pueblo orgulloso, algo que todavía se puede intuir en su serena mirada. De alguna manera se notaba la diferencia, también, de carácter de este pueblo; las formas y los gestos, la expresión de sus caras, le daban un aire diferente a las gentes que habíamos conocido hasta el momento. Quizás era simplemente que se trataba de gente pueblerina, apartada de las ciudades, pero había algo diferente en ellos.
Nubia, como se llamaba la tierra donde vivían, y que comprendía buena parte de los que es ahora Egipto y parte Sudán, era conocida como “Tai-Seiti” la tierra de la “gente del arco”, lo que da una muestra de sus habilidades guerreras.
Viendo a estas gentes se nos quedó la amarga sensación de que las tierras del Nilo eran tierras ocupadas por extranjeros que no daban el valor a lo que tenían, ajenos a las antiguas tradiciones y sus orígenes, nada que ver con el pueblo Nubio, que parecían vivir todavía en el pasado, y que sobre todo, respetaban al río que leva da la vida. Quizás esta sensación, o más bien sentimiento, tan solo fue una influenciada de la imaginación y el romanticismo, un deseo inconsciente de ver a Egipto como sería aquel antiguo y glorioso tiempo de los faraones. Un mundo que fue grande por la unión que había entre ellos respecto a un objetivo común, algo que hoy en día sería imposible de concebir.
No me cabe la menor duda, que esto es una de las principales causas que ha hecho llegar hasta nuestros días su obra. Según se dice, estas obras son tan magnificas, que si ahora la humanidad desapareciera de repente, de todos las construcciones que hemos hecho encima de la corteza terrestre, los últimos vestigios de nuestra civilización en desaparecer, serían las pirámides y la gran muralla china.
Emprendimos camino río arriba hacia el poblado Nubio con una pequeña embarcación techada y motor fuera borda. Después de pasar tanto calor en otras visitas, estar tan cerca del agua del Nilo, fue un gran alivio para todos. La embarcación, de poco calado, nos permitía tocar el agua desde la cubierta, y remojarnos, que buena falta nos hacía.
Se dice que aquel que moje su cuerpo con agua del Nilo regresará a Egipto. Sea o no verdad este dicho, no quisimos perder la ocasión de apostar por la profecía.
La embarcación pronto salio de los dominios del puerto para adentrarse en terrenos con menos asfalto en las orilla. No tardamos en ver de cerca la genuina garza del Nilo, tambien llamada Ibis con una silueta elegante e inconfundible. Su diferencia principal con las garzas normales es su pico arqueado. La silueta de esta ave ser muy importante para los antiguos habitantes de Egipto, ya que se puede ver formando parte de los jeroglíficos. Los antiguos egipcios al dios Thod con cuerpo de hombre y cabeza de Ibis.

A medida que ibamos conociendo un poco la cultura del antiguo Egipto, encontrabamos muchas similitudes con los dioses griegos, o la Roma pre-cristiana. Al igual que estas, a muchos de los dioses egipcios, los devotos sacerdotes le conferían rasgos y sentimientos humanos, trifurcas familiares y hasta sus defectos. Los dioses personificados en animales, se les atribuían las cualidades más destacadas de estos. Y cuando querían las cualidades de los animales en sus dioses, gustaban de mezclar cabezas de animales, con cuerpo humano. Los dioses, también, como en la antigua Grecia, se repartían el trabajo, ocupándose de cada aspecto de la vida cotidiana de Egipto. Sin duda es una buena forma de controlar al pueblo, pues si la cosecha es mala, es que el Dios fulanito estaba de mala leche. Si se perdía una guerra, no era culpa del monarca o general que la dirigió, sino del Dios Anobis, que se había quedado dormido en la batalla. Estaría bien que hoy en día existiesen ese tipo de dioses, así la culpa de la crisis no sería de zapatero, éste, seguramente le echaría la culpa a Orus, que estaba peleado con su madre.
Divagando yo en mis reflexiones casi me pierdo, sigamos con el relato...En que estaría pensado.

En las zonas de la travesía donde no eran visibles las viviendas, el espectáculo que nos ofrecían los margenes del río era espectacular, sobre todo en el margen derecho, donde el palmeral se transformaba en desierto en apenas unos metros. Algunos islotes, nos contaron, que estaban protegidos como reserva natural, algo muy de agradecer dada la peculiar fauna y ecosistema de estos. No pude encontrar similitud alguna con el aroma que se podía oler cunado la embarcación pasaba cerca de la vegetación, olía a río mezclado con un sin fin de extraños perfumes procedentes de los humedales y palmerales de uno y otro lado de los márgenes, era todo un espectáculo para los sentidos.
El guía nos contó algunas cosas sobre el Nilo y lo que íbamos a ver, entre ellas las grandes cascadas, que francamente, al llegar donde estaban, nos parecieron unos rápidos muy suaves. También nos habló de las rocas con forma de elefante que encontraríamos al principio de la travesía, pero tuvimos que poner en juego una gran imaginación para ver allí la manada de elefantes de la que nos habló. Ya durante la travesía, nos señaló el mausoleo del Aga Khan, que servía de tumba a un famoso imán de la secta ismaelita nizarí llamado Mahommed Shah, Para ello gastó muchas palabras de admiración y orgullo, algo normal teniendo en cuenta que él era musulmán. El mausoleo, construido en mármol blanco que estaba situado en lo alto de una colina, se erguía majestuoso iluminado por el sol del atardecer, y era visible durante toda la travesía. Según nos dijeron, había costado una fortuna. Así mismo, el guía nos señaló varias residencias de gente rica que había usurpado las orillas del Nilo para construir allí sus palacetes, unas ostentosas viviendas que destacaban sobremanera entre las humildes cabañas de los pescadores y la podredumbre del resto de viviendas.
Mas o menos a mitad de camino pudimos ver, el que según nos dijo el guía, era el árbol más antiguo de Egipto. Fuese o no verdad, lo cierto es que era enorme, y por el tamaño de sus raíces, seguramente lo era.
Para mí, amante de los parajes naturales, llegados a ese punto punto consideré ya amortizados los 35€ que costó la excursión, el resto me pareció un regalo, pero aun quedaba mucho por que ver.

Arribamos a la orilla después de, más o menos, tres cuartos de hora. El lugar me recordaba mucho a una de esas playas paradisiacas del Caribe que salían en los anuncios de televisión, con la arena blanca y las palmeras de fondo., todo era igual, salvo que detrás de unos metros de palmerales, aguardaban las dunas del desierto. Antes de atracar dos niños se agarraron a nuestra embarcación para dejarse arrastrar por ella, un juego algo peligroso, porque las hélices del barco quedaban muy cerca de donde se agarraron, pero parecían estar acostumbrados a jugar así, además, al piloto de la embarcación no pareció importarle. Ya en la orilla nos esperaban los Nubios con su artesanía y ganas de vender, pero no fueron ni mucho menos agobiantes a la hora de ofrecernos su mercancía, solo estaban allí, esperando que nos acercásemos.
El guía nos invitó ha bañarnos en aquellas aguas cristalinas que dejaban ver el fondo perfectamente, y no dudemos en hacerlo. Así pues nos quitamos las ropas que no nos podíamos haber quitado hasta ahora por motivos religiosos, y nos lanzamos al agua. Al contrario de lo que pudiese parecer por la temperatura exterior, el agua estaba fría, pero no gélida. Fue una experiencia que nos supo a poco. Yo, como muchos del grupo nos hubiésemos quedado allí durante horas, pero el tiempo en una excursión organizada siempre es escaso. Ya secos y vestidos de nuevo para no escandalizar a los habitantes del poblado, nos invitaron a subir a los camellos, que aguardaban para llevarnos hasta el poblado. Para muchos de nosotros era la primera vez que hacíamos semejante cosa. Aunque al principio me negué rotundamente a subir a lomos de aquel animal que olía a estiércol, viendo que el resto del grupo lo hacía y que me quedaba solo en mi negativa, no tuve más remedio que hacerlo; y la verdad, ahora me estaría lamentando de no haberlo hecho, pues fue una experiencia fascinante.
Lo que más me sorprendió de montar en camello fue que durante la parte del paseo en la que el animal caminaba sobre arena, apenas se notaba el balanceo, que fuera un paso suave y constante, mientras que en la parte en la que caminaban sobre suelo firme, el balanceo y la brusquedad de los movimientos se acentuase hasta tal punto que parecía que al camello se le había roto la suspensión. Era pues evidente, que aquellos animales estaban perfectamente adaptados para caminar sobre la arena del desierto, no tanto por caminos duros. Y allí, a lomos de aquel animal que ahora ya no me parecía tan temible ni tan asqueroso, me encontraba yo subido, imaginándome en una caravana persa transportando seda a Alejandría. A lomos de aquel animal que no dejaba de moverse, puse mi cámara en modo de vídeo he intenté grabar el momento, pero no me di cuenta que estaba en modo de blanco y negro. Además, el animal no dejaba de balancearse, por lo que apenas pude enfocar a mi amada que estaba detrás de mí, en otro camello. Por raro que parezca, el hecho de filmar en blanco y negro y con tanto movimiento, hizo que las tomas tuvieran un aire de misterio y originalidad, que luego al visionarla, me sorprendí.
Ya en el poblado y después de apearnos de nuestras monturas, no sin dificultad por la forma peculiar que tienen los camelos de postrarse en el suelo, pudimos visitar una casa tradicional nubia que me recordó mucho, no sé por qué, a la cultura rastafari. Dentro de una habitación a las chicas del grupo les hicieron un tatuaje con gena y probamos los alimentos tradicionales que nos ofrecieron; sabores extraños a los que nuestros paladares no estaban acostumbrados. Posteriormente, el hombre nubio que nos atendió, muy amablemente nos preparó y ofreció fumar chicha en una cachimba, o como demonios dijo que se llamaba; una experiencia divertida para un fumador, no tanto para los que no lo eran. Luego, para sorpresa de todos, el hombre nubio apareció portando un cocodrilo de unos cincuenta centímetros de largo entre los brazos. Insistió en ponerlo encima de nuestras cabezas para que nos hiciésemos fotos. Yo fui más lejos y le pedí tenerlo entre las manos. Era una sensación extraña tener aquel animal de sangre fría entre las manos, además olía a pantano, pero el animal estaba quieto y parecía tranquilo. No obstante, la chica nubia, por cierto, bellísima, que estaba haciendo los tatuajes a las chicas, no parecía cómoda con el asunto del cocodrilo, quizás debido a que no le gustasen estos animales, cosa nada extraña, o quizás porque sabía que en cualquier momento el animal podría ponerse nervioso y soltar una dentellada. Aunque no entendí lo que dijo, sus gestos me hicieron desconfiar y devolver el bicho a su dueño, por si las moscas.
Después de visitar los bazares, en los que en ningún momentos fuimos agobiados como en Abu Simbel, nos hacinos unas fotos y volvimos a la embarcación para regresar a la motonave, lo hicimos por una ruta diferente a la que habíamos llegado, de duración más corta y menos interesante.