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domingo, 29 de noviembre de 2009

Egipto mágico con IMAGE TOURS Capitítulo VII

La travesía por el Nilo




Nada más llegar a la moto nave, y sin que pudiésemos percibirlo, ésta se separó del amarradero y se puso en movimiento. Al no haber oleaje y ser la nave relativamente grande, era prácticamente imperceptible. Solo cuando mire por uno de los ventanales me di cuenta de que nos estábamos moviendo. Ni siquiera el ruido me alertó de que estaba sucediendo, los motores son muy silenciosos y apenas se nota tampoco la vibración.
La motonave inició su travesía de noche, por lo que en la primera etapa del viaje no pudimos ver nada del paisaje que se escondía detrás de la oscuridad, salvo algunas  algunas luces en la orilla.
Al despertar ya estábamos atracados en otro puerto, del que saldríamos después de pasar la mañana de excursión, ya bien entrado el atardecer. Donde en la terraza de la motonave empecé ha sentir el deseo de que la travesía se prolongase más, de que la embarcación no fuese tan deprisa. Para entonces ya empezaba a disfrutar de los paisajes que el Nilo me ofrecía. A ambos lados del Río más largo del mundo, los palmerales y humedales forman un conjunto de singular belleza natural, un paisaje que hace que uno se sienta retroceder en el tiempo. En ocasiones podíamos ver niños bañándose en la orilla o pescadores pescando igual que se había hecho durante milenios. Nos cruzábamos con las falupas, las embarcaciones de vela tradicionales del Nilo, que con sus velas desplegadas al viento discurrían a merced de éste por el río, sin prisas, no como nosotros. Me cuestionaba entonces si esa hubiese sido mejor manera de ir por el río, que no en una embarcación a motor. Aunque hubiese implicado renunciar a todas las comodidades y lujos que la motonave ofrecía, podría haber sido una experiencia más intensa, si cabía, una forma más próxima al río y a su entorno, pero sobre todo más pausada y tranquila.
En ocasiones nos encontrábamos con otras motonaves que hacían la travesía cargadas de turistas. Cuando íbamos en el mismo sentido, parecía que hacían carreras, a ver quien adelantaba a quien, algo que me crispaba, parecía que la forma de conducir de los egipcios era exportable a los capitanes de las motonaves. En la terraza, solo y apoyado en la barandilla, pude contemplar como el Sol se escondía entre los palmerales, una visión de tal belleza que hizo que derramase alguna lágrima. El Sol en aquel lugar tenía una fuerza extraña, un encanto casi mágico al  que difícilmente puede uno quedar indiferente. El reflejo de una puesta de sol en el Nilo fue un regalo que me dio Egipto, un regalo que perdurará por siempre en mi memoria. La arena del desierto filtraba lo rayos del Sol, que al ponerse entre los palmerales, forma una bruma de luz difusa y dorada que me cautivo.

 Durante nuestra primera etapa en este crucero hasta la llagada a Luxor, fue interesante ver como los lazos de amistad entre el grupo se estrechaban. A medida que nos íbamos conociendo, también apetecían las desavenencias personales debidas al carácter de cada uno, pero la circunstancia de estar en aquella tierra extraña y lejana, diluían rápidamente las diferencias y hacían soportables a las personas difíciles. Tuvimos la suerte de coincidir con personas de muy diferente condición pero todos ellos buena gente, con sus pequeños defectos y sus grandes virtudes. Cuatro paisanos de Cataluña, y dos gallegos, y por supuesto una malagueña, que fue la alegría del viaje. Ella fue la persona más extrovertida y suelta que había en el grupo. Una persona entrañable que nos dejó a todos un dulce recuerdo por su calidad humana y por ser una persona tan abierta. Por mi carácter introvertido hizo que me costase abrirme al grupo, solo después de varios días me lancé un poco a mostrarme presente en las conversaciones. De todas formas, mi abstracción por la situación en la que estaba inmersa, me distraía constantemente, y me hacía parecer ausente. Era difícil dar cabida a todo lo que entraba por mis sentidos y hacer relaciones sociales al mismo tiempo, pero poco a poco lo fui consiguiendo; fue algo que hizo que la experiencia del viaje fuese todavía más enriquecedora.
A pesar de la situación tan envolvente y acaparadora, no me perdía detalle de nuestros compañeros de viaje, aprendiendo como se comportan las personas lejos del hogar, en situaciones tan diferentes a las que están acostumbradas; era una parte más de la experiencia del viaje, una parte muy importante, casi tanto como el viaje en si mismo. Fiestas, comidas, cenas, cafés y horas de contemplación y buena conversación, hacían que en ningún momento tuviese la sensación de estar perdiendo el tiempo. Después de todo eso todavía podía subir a la terraza del barco para sacar fotografías que hiciesen imperecedero el recuerdo de mi estancia allí, en aquel lugar diferente tan alejado de mi hogar, y la vez tan extraño y maravilloso. Allí también, aprendí más sobre mi amada, como ella también se abstraía saturada por la experiencia del viaje. Mucho más sociable y extrovertida que yo, enseguida hizo amigos en el grupo, pero en ningún momento me sentí apartado de ella, quizás un poco disgustado al no poder compartir todo lo que sentía. Pero las cosas son así, no todos somos iguales, ni hemos nacido con la misma facilidad de comunicación y capacidad para relacionarnos. Al ver que ella disfrutaba tanto del viaje como de las conversaciones con nuestros compañeros de viaje, comprendí enseguida que debía no disgustarme, pues nada más deseaba que ella disfrutase tanto como yo de aquella experiencia. Las puestas de sol que que quedaron plasmadas en las fotografías que hice desde la cubierta del barco, lo dicen todo, y dejan constancia de un viaje, en el que no tan solo se disfruta con los sentidos, sino con el corazón. Hablan de una tierra que no sería nada más que desierto sin el abrazo del Nilo, una tierra que recibe bien al viajero ávido de sentir. Cada persona puede ver las cosas de un modo diferente, puede ser un turista más o sentir un viaje; yo sentí en toda la amplitud de la palabra. Ya al final del crucero y poco antes de abandonar la motonave, mi curiosidad por las máquinas y la tecnología hizo que pidiese a un empleado del barco visitar la sala de máquinas, y éste, muy amablemente accedió. Ello me permitió enriquecer algo mis conocimientos. Dentro de la sala de máquinas, el jefe me mostró orgulloso los tres potentes motores de fabricación alemana que impulsaban la nave, dos motores más para el equipo electrógeno que proporcionaban energía eléctrica y por último, el potente motor eléctrico que movía el compresor del aire acondicionado. Nunca había visitado la sala de máquinas de una embarcación tan grande, así que aquello fue toda una experiencia. La temperatura dentro de la sala de máquinas era, cuando menos insoportable, igual que el olor a gasoil, unas condiciones de trabajo muy duras para alguien que tuviese que estar allí ocho horas. El entusiasmo que mostraron los marineros para enseñarme todo, denotaba satisfacción por que alguien se interesase por el trabajo que hacían. Un trabajo que, como muchos otros, no se aprecia hasta que deja de hacerse. En cierta manera yo me identificaba con ellos, pues lejos de allí, desempeño una función igualmente oculta a los ojos de la gente, una función que solo se aprecia si no cumple. Tengo que decir que fueron todos muy amables, y que en ningún momento me pidieron propina ni nada a cambio. En cierta manera, para ellos fue suficiente que alguien los tuviera en cuenta, enseñar lo que hacían, sus máquinas, las duras condiciones en las que trabajaban. Me enseñaron todo con la ilusión del niño que enseña su juguete nuevo. A pesar de estar solo y de hablar muy poco inglés, en ningún momento me sentí inseguro. Fue la guinda que coronó el pastel.