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lunes, 4 de enero de 2010

Egipto mágico con IMAGE TOURS Capítulo VIII



Templo de Kom Ombo


Antes de llegar a Luxor hicimos una parada en Kom Ombo, donde visitamos el templo que lleva el mismo nombre, aunque también es conocido como los templos de Sobek y Haroerisa. Llegamos allí al atardecer, cuando la luz se que ilumina Egipto, toma el tono de las manzanas maduras.
Al haber echado una fantástica siesta después de comer, y haber dejado en ella parte del cansancio que arrastrábamos de tanto viaje, nuestras mentes estaban más preparadas para entender las explicaciones del entusiasta guía que nos acompañaba; Y digo entusiasta, porque parecía vivir las andanzas de las gentes que un día ocuparon el aquellas ruinas.
Aunque el templo de Kom Ombo ha pagado injustamente el paso del tiempo, uno puede muy bien imaginarse la grandeza y esplendor que un día tuvo. Se conservan aún con mucho detalle las inscripciones que plasmadas en los muros, detallan con precisión algunas de las técnicas quirúrgicas de los antiguos egipcios. Las inscripciones, al contrario de otros templos que habíamos vistos, estaban hechas en alto relieve, una técnica que requiere de mucho más trabajo y habilidad, lo que se traduce en un acabado más bello y detallista. Ninguna de las altas columnas que vimos, dejaba de estar decorada con aquellas inscripciones y dibujos. Algunas conservando incluso parte de la pintura que un día las cubrió.


Las ruinas del templo de Kom Ombo habían permanecido bajo las arenas del desierto hasta el año 1893, donde el arqueólogo francés Jacques de Morgan las descubrió y las desenterró. Como siempre, el guía hizo hincapié, también en esta ocasión, en el espoleo que los arqueólogos hicieron de los tesoros egipcios. Nos explicó que el señor Jacques, a parte de descubrir ruinas, se dedicaba a llevárselas a su país, algo que era más habitual de los deseable entre los arqueólogos de la época. Es por ello, que muchos, quizás los tesoros más valiosos de Egipto, no están en este país, sino en al Louvre de París, el Museo Británico, y tantos otros lugares, que alejados de sus orígenes, pierden su valor histórico. De hecho, no se sabe a ciencia cierta, cuantos de estos tesoros están en colecciones privadas o plantados en los jardines de algún acaudalado ciudadano. Por poner un ejemplo concreto, la famosa piedra roseta, que sirvió un día para descifrar los logogríficos, yace hoy en día en el Museo Británico. Los egipcios se tiene que conformar con una replica que está expuesta en un rincón olvidado del museo del Cairo.

Según explicó el guía, el templo lo empezó a construir Ptolomeo VI, hijo de Cleopatra en el siglo II a. C, y lo terminó Ptolomeo XII en el siglo I a. C. Después de su construcción, el El emperador romano Augusto le añadió el pilono de la entrada. El pilomo son las dos pirámides truncadas que flanquean la entrada al complejo de templos y sirven para sujetar la puerta, normalmente de dos hojas, que da paso al lugar. Viendo el tamaño de este pilomo, no era muy difícil imaginar el tamaño tan descomunal que tenían las puertas que un día sostuvieron. Seguramente serían necesarios diez o más hombres fuertes para abrirlas y cerrarlas.

Si hay algo que hace peculiar estas runas, es su proximidad al Nilo, algo que les da una belleza mayor si cabe. También la simetría y perfección con que fue construido el complejo, donde todos los edificios estaban perfectamente alineados y simétricos. Esto denota la pasión que tenían los arquitectos Egipcios por las matemáticas y la geometría, cuya muestra sublime son las tres pirámides que están al lado del Cairo, perfectamente alineadas, incluso con una constelación, algo que todavía hoy, es una misterio de los muchos que rodean esta cultura.

Al hacerse de noche y encenderse las luces que iluminaban las columnas y estatuas que todavía quedaban en pie, se creaba un escenario espectacular. Las inscripciones y los logogríficos, iluminados desde abajo por los focos de sodio, parecían tomar vida, resaltan sus relieves y nos hacen trabajar la imaginación, pensar en como sería la vida nocturna de aquel lugar iluminado por las antorchas.

Se dice de los templos de Egipto fueron el lugar donde residía el control político del pueblo, un control tiránico basado en el miedo religioso y el respeto al rey, al que se debía obedecer ciegamente, como si se tratase de un Dios vivo. Pero es muy difícil concebir que una cultura, que se prolongó durante tanto tiempo y alcanzó tal grado de esplendor, estuviese regida por esos principios. No se puede imaginar un pueblo entero trabajando por un objetivo común sin una motivación más elevada que el miedo a las represarías o la obediencia ciega. La belleza y la grandiosidad necesitan de una motivación más elevada. Es por esto que otras teorías apuntan a estos lugares como centros espirituales, lugares místicos donde se cultivaban las ciencias y la sabiduría de los sacerdotes, depositarios de estos conocimientos. Dicen que los templos fueron, entre otras cosas, los lugares donde se transmitían estos conocimientos. Se dice, que gran parte del hinduismo, el budismo y otras muchas religiones tienen sus orígenes en ellos. Lo cierto es que la meditación no era algo desconocido para los antiguos egipcios, como bien relatan algunos de sus escrituras, tampoco su forma de ver a los dioses dista mucho de la forma con que en la India ven a las deidades. Y, por supuesto, la creencia en la reencarnación, en la otra vida o en alcanzar un estado de iluminación. Todo ello ya era conocido y practicado por los egipcios hace más de siete mil años; quizás más.
Puede que con el tiempo todo este conocimiento se perdiese, la verdadera utilidad de las construcciones egipcias, y que ya perdida la sabiduría original, fuesen utilizadas para otros fines, pero no me cabe la menor duda que en un principio, allí se cultivaba algo que condujo al pueblo a hacer cosas tan bellas. Me hubiese gustado y encontrar vestigios de ello, pero el tiempo, siempre enemigo del turista que desea aprender, nos limitaba, debíamos regresar.

Ya apenas nos quedaba tiempo para hacer una compra necesaria para aquella noche, en la que se celebraba una fiesta en el barco, la fiesta de la chilaba. Así que nos dispusimos a lanzarnos al tumulto del mercadillo que estaba situado estratégicamente entre nosotros y el barco, por lo que estábamos obligados a cruzar, aunque no fuésemos a comprar.
Todavía recuerdo, ahora, sin el terror que me produjo la experiencia, como en la búsqueda de las chilabas para la fiesta. A mi amada y a mí, más a mí, nos liaron unos mercaderes, tanto me entretuvieron en el regateo, que perdimos de vista al grupo y al guía. Al regresar, ya timado, nos desorientamos y olvidemos donde estaba atracada la motonave. Pasamos delante de ella sin verla, por lo menos dos veces, y seguimos hasta llegar casi al final del embarcadero. Desesperados y agobiados por los niños que nos ofrecían baratijas y abalorios, tarjeta de embarque en mano comenzamos a preguntar por la motonave. Nuestra desesperación crecía al no encontrar a nadie que nos supiese indicar donde estaba nuestro transporte. Pero por fin, un empleado de una de las motonaves nos supo decir la ubicación. Llegamos hasta ella con un gran alivio y fuimos los últimos, algo que se notaba en la cara de impaciencia de los empleados, que después de llegar nosotros, retiraron la pasarela.
Que hubiese sido de nosotros, nos preguntábamos, de no haber encontrado la embarcación, que hubiese pasado si la embarcación hubiese partido sin nosotros; perdidos en un país extranjero, con algunas nociones de ingles pero sin pasaporte ni equipaje. Fue nuestra única experiencia realmente desagradable, de la que ahora, comentándola, nos podemos reír, aunque no fue tan graciosa cuando estaba sucediendo.
Pero, no obstante, a pesar de situación, yo no dejé de observar y memorizar cosas que me parecieron chocantes. Mientras, a paso ligero, buscábamos nuestro refugio, un grupo de críos nos perseguían intentando vender sus mercancías. De vez en cuando escuchábamos un silbato que sonaba cercano. Pensábamos que era el de algún policía, pero eran los directores de ventas, personas que indicaban a los niños cuales eran los turistas susceptibles de comprar. Los niños estaban bien entrenados. Con cara de lástima pedían un euro por sus baratijas, a menos, claro está, que viesen que llevabas una moneda de dos euros. Eso me hizo pensar en la habilidad de los mercaderes egipcios, como no iban a ser buenos en sacarle el dinero al turista, si aprendían de tan pequeños.