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viernes, 3 de febrero de 2012

Los responsables de la crisis


Se podría decir sin temor a equivocarse, que una buena parte de la afluencia de visitas a páginas web dedicadas a las conspiraciones obedece a una necesidad de hallar a las causas o los a los culpables de la crisis económica que asola el mundo.
 Una crisis  que no obedece a una causa aparentemente fácil de ver y que no es tan solo económica, sino de valores y falta de rumbo. Una crisis a la que nadie da una explicación coherente. Ni políticos, ni agencias internacionales o analistas económicos saben dar respuestas coherentes o soluciones.
La crisis económica, no cabe duda, es uno de los temas que más preocupa, ya en un corto plazo de tiempo se ha llevando por delante, no solo a las clases más desfavorecidas de la sociedad, sino también a las clases medias y una buena parte del tejido industrial de algunos países. Lo que levanta las sospechas de la gente, es que, curiosamente, los más ricos, el poder, está saliendo muy  beneficiado, a la vez que el resto de los mortales, perdemos derechos, servicios sociales y libertades que han costado muchas vidas conseguir.

Es por todo esto fácil entender que la gente achaque la crisis a una supuesta confabulación del poder económico para crear este desastre. Razones para ello no faltan, pues son precisamente, como he dicho antes,  quienes se están llenando los bolsillos a manos llenas con la crisis. La cuestión es, si son estos especuladores los causantes o simplemente se están aprovechando de la situación como lo haría un pescador en río revuelto. Yo, personalmente,  pienso que los responsables de lo que está pasando lo somos todos, unos por ceder nuestra responsabilidad, y otros por aprovecharse de su posición  para beneficio propio.

Los que hemos cedido nuestra responsabilidad hemos pensado ingenuamente, que la democracia daría como producto lo mejor de la sociedad, gente capaz de resolvernos todos los problemas y que se preocuparía por llevarnos a una sociedad mejor. Pensábamos que así evitaríamos nuestro deber de tomar decisiones y actuar. No hemos tenido en cuenta que la historia nos ha demostrado muchas veces, y alguna de manera muy sangrienta, que nunca ha sido así. De la misma forma hemos actuado con nuestros hijos, cediendo su educación a un sistema que lo que persigue como fin último es mantener la situación actual, o peor aún, que nadie acabe cuestionándose si este es el mejor sistema. En definitiva, hemos cedido el control de nuestra propia vida a una serie de personas tan irresponsables como nosotros, sin pensar,  ni por un momento, en las consecuencias; en lo que harán estas personas con el poder que le hemos dado.

¿Y a quien le hemos dado ese inmenso poder?

En su inmensa mayoría, los políticos son fachadas creadas para ser vendidas en las elecciones, y cuya capacidad dista mucho de ser la necesaria para la función que se les ha encomendado. Son personas embaucadoras, hábiles en la palabra y capaces de convertir una mentira en la mas creíble de las verdades, pero a la hora de gestionar, son tan buenos como lo podría ser cualquiera de nosotros. Quizás no nos hemos puesto a pensar que hay dos cosas que no pueden darse en una persona. No se puede ser un gran manipulador y mentiroso, y a la vez ser buena persona; es incompatible, y de este tipo de personas las hay ha cientos ocupando el poder.

Detrás de cada político hay siempre una mano negra que lo ha encumbrado al poder, casi siempre inyectando en sus campañas mucho dinero. Esas personas no hacen esto por altruismo. Ese empujón en las campañas electorales se convierte en una deuda que todo político debe pagar, por encima de constituciones, valores morales, promesas electorales y, por supuesto, por las necesidades de la gente que les ha votado. Al final son siempre estas deudas las que dirigen a los políticos. No es extraño por ello, que en este momento el Señor Rajoy marque su máxima prioridad en satisfacer a los mercados y su odiosa deuda o que Obama, la gran esperanza negra, se haya convertido en el precursor de la la guerra en Iran. Ambos comparten la misma deuda contraída, no con sus votantes, sino con aquellos que han sufragado el coste de sus campañas y que voltean a su alrededor como pequeños demonios diciéndoles lo que tienen que hacer y recordándoles  quien es su amo. Esta es la consecuencia de ceder nuestra responsabilidad, que al final se convierte en nuestra peor pesadilla.