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lunes, 19 de mayo de 2014

Quien siembra vientos recoge tempestades.



Decir esta  frase, cantar ciertas canciones o criticar al sistema, te convierte en un terrorista perseguido por la justicia, lo que suele pasar solo en una dictadura. Desahuciar a personas que pagan hipotecas injustas, cobrar impuestos excesivos, quitar derechos sociales o ser un corrupto integral, te convierte en un prestigioso millonario que se sale impune de todas sus fechorías; siempre y cuando esté en el partido y no abra la boca más de la cuenta. Así son las cosas en esta democracia corrupta.

Desear la muerte de alguien está mal,  pero  arruinar a millones y condenarlos a la indigencia también. Ambas cosas son producto de mentes mezquinas e involucionadas.  Lo que ocurre es que los primeros actúan en legítima defensa, y lo saben, es una reacción ya prevista. Ellos, los que manejan los números y controlan este chiringuito monumental al que llaman sistema capitalista, saben que el pueblo llano personalizara la culpa en los políticos, las caras visibles y prescindibles de un entramado financiero diseñado para crear esclavos . Saben que los ciudadanos volcarán su ira en ellos, y eso es precisamente lo que necesitan para justificar más represión. Acción, reacción, solución; nunca les falla. El pueblo no sabe que los políticos, como ellos mismos, son solo víctimas de los que manejan los números. A más violencia más leyes, más represión y menos derechos. Hay que mantener bien corta la correa para que no se les escape. Así podrán hacerse más ricos, más poderosos hasta doblegar cualquier voz que clame libertad.

Las leyes son la fuerza y el miedo, los impuestos la manera de mantenernos en el umbral de la pobreza y quitarnos la esperanza que  que otras ocasiones hizo alzarse al oprimido contra el opresor. Saben bien como aplicarnos las tenazas y donde más nos duele. Ellos justifican estos impuestos, porque son son muchas las bestias locales a alimentar, y además,  también hay que alimentar a la burocracia europea, todavía más  insaciable. Estos impuestos, representan  el tiempo de nuestra vida que dedicamos  al voraz estado. Ese estado, que luego lo dedicará, en su mayor parte, para pagar a esos buitres de los bancos y a su sistema de espolio perpetuo.

Quizás todo este esfuerzo merezca la pena, veamos si es así:  póngase en un lado de una balanza el tiempo de nuestra vida que dedicamos para pagar al estado y en el otro los beneficios que nos da a cambio el estado, su protección social, policía, sus normas, el ejercito, las armas, las guerras y las leyes... Pero ojo, antes de soltar el freno de la báscula y ver lo que pesa más, en el plato donde depositamos nuestro tiempo, lo añadiremos en su justo peso. Determinarlo no es fácil, porque ¿Cuanto considera usted que vale un minuto de su vida?
¿Está dispuesto a ponerle precio? 
¿Cuanto vale el tiempo que no pudo dedicar a su familia, a realizarse como persona?
¿Que valor en dinero tiene eso para usted?

Si su balanza se inclina al lado de los beneficios que le da el estado, es que no está  valorando como un ser humano, sino como un producto, un bien de consumo o una herramienta. Estas cosas se pueden intercambiar por otras, se les puede poner dar valor o un precio, pero un ser humano es único e irreemplazable; no tiene precio. No valorarse a uno mismo conduce a la ruina moral y a convertirse en un ser voluble, fácil de manipular.

La legítima defensa está bien cuando amenazan tu vida, pero no es esto lo que está en juego, aunque podrían llegar a ello. Ellos quieren que sea un esclavo servil, que les preste atenciones, que obedezca sus leyes. Pero como dijo un sabio, ante el vicio de pedir está la virtud de no dar; simplemente eso. No hay violencia en un oportuno y justo “NO”. Los psicópatas que están en las altas esferas del poder desean todo de nosotros, simplemente, hay que negarse. Pueden llegar entonces con su policía y sus leyes para doblegarnos, incluso con sus ejércitos si quieren. Pero de donde sacan el dinero para pagarlos cuando todos se nieguen a  pagar impuestos, hipotecas y multas. ¿Que valdrá el dinero con el que pagan a sus ejércitos cuando la gente deje de usarlo y confiar en el sistema?      
Que fácil sería si perdiésemos este miedo irracional acrecer para comprender, de una vez, las  posibilidades que tenemos, lo hermoso que sería un mundo sin dinero, sin estados, sin fronteras y sin gobernantes. Está en nuestra mano, y solo hay que decir no.  Si les seguimos el juego utilizando la violencia verbal o física, solo acabaremos jugando a su macabro juego.