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lunes, 29 de septiembre de 2014

Derecho a decidir (segunda parte)


En 2002 se promulgó una reforma constitucional con amplio consenso parlamentario por la cual paso a ser prioridad el pago de la deuda “pública” por encima incluso del estado del bienestar. Esta reforma, impuesta por la élite antidemocrática de la U.E. se tramitó y aprobó en un tiempo increíblemente corto y sin consulta popular. Hoy, en 2014, se pide algo más simple, el derecho a votar sobre la libertad de un pueblo de elegir su destino. Al margen de que dicho derecho sea legítimo o no, lo que es innegable es la cantidad de impedimentos que se están poniendo el gobierno a algo tan simple como una consulta popular solo puede entenderse por una razón: le tienen miedo a la democracia de verdad.

Para pagar los desmanes de los bancos y, en general, de este nefasto sistema capitalista, no hay constitución que sea inamovible. Ahora bien, cuando se trata de dejar al pueblo expresar su opinión, entonces si, la constitución está hay para impedirlo.

Se le tendría que decir al gobierno que una constitución no es algo inamovible y que tiene que cambiar para adaptarse a nuevas realidades. Es posible que mucha gente que votó esta constitución ya se haya dado cuenta que no está hecha para ellos, sino para salvaguardar los intereses de una casta de políticos que ha apoyado un sistema opresor y demencial, que más que nada
ha beneficiado el propio sistema, a los que lo dirigen o a sus esbirros los políticos.

Muchos estamos hartos de afirmar que esto no funciona, que este sistema solo es una forma de represión y control, proclive a guerras, conflictos y en el que no nos sentimos a gusto. Y no es que el texto de la constitución esté del todo mal, es que en manos de este sistema no deja de ser una declaración de intenciones incumplidas en aspectos fundamentales de las necesidades básicas. Las referencias a la igualdad, el reparto de recursos, educación libre, acceso a la vivienda, entre otros muchos artículos, son ambiguos y están llenos de trapas para dejar cabida a una interpretación interesada de la élite.


Ya no se trata de votar por la independencia o cualquier otra memez, que solo pretende marear la perdiz y alejarnos de los sustancial. Hay que hacer un proceso constituyente que tire por tierra este sistema. Esa nueva constitución debería asegurar la justicia, la libertad y el bien común, en este orden y por encima de cualquier otro valor.

Si realmente los políticos creyesen en la democracia, permitirían al pueblo elegir su destino, pero han olvidado a quienes deben sus escaños, perdido la cabeza y pensado que ellos son el pueblo. Aunque no toda la culpa es suya. La masa, y lo siento si alguien se se siente ofendido, es idiota. Al aceptar la charlatanería y los engaños de los políticos como verdades, los hemos enfermado hasta el punto de creerse que su papel es ser el pueblo. Al dejarles la responsabilidad que es enteramente nuestra, hemos hecho lo mismo que le hacemos a algunos hijos, cuando no los educamos y le damos una torta en el momento preciso. Ahora claro, se creen dueños de las leyes y creen que son todo poderosos. Ya es hora de coger el toro por los cuernos y enseñarles quien manda.