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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Derecho a decidir






Parece mentira que en pleno siglo XXI se tenga que pedir permiso para tener el derecho a decidir sobre algo que atañe a mi  futuro. En una sociedad tan supuestamente "avanzada" y “democrática” es algo inconcebible. Decidir sobre el futuro de uno no debería tener impedimento alguno ni ser potestad de nadie otorgarlo; ni siquiera debería ser algo sometido a referéndum.  Uno tendría que poder decidir lo que quisiera, por ejemplo, si alguien quiere no pertenecer a un estado  con el cual no se siente identificado, pues lo hace y asunto zanjado. Lamentablemente, tanto para aquellos que quieren cambiar de estado o no pertenecer a ninguno, se le ponen todo tipo de trabas, hasta hacerlo en la práctica imposible.

Pienso que la causa de que no podamos decidir libremente la podemos encontrar en dos textos, uno en el discurso de  Seattle, un  jefe indio que hablo en 1854,  y  el libro los protocolos de Sion. Son dos textos, que de forma deliberada y con argumentos falaces, han sido cuestionados, tanto en su autoría como en su veracidad, incluso ridiculizados. Queda muy claro el porqué sucede esto cuando lees su contenido incendiario y esclarecedor. Dejo uno de ellos aquí, el otro lo podéis descargar o leer en este enlace.


El gran jefe de Washington envió palabra de que desea comprar nuestra tierra. Consideramos su oferta, sabemos que de no hacerlo así el hombre blanco puede venir con pistolas a quitárnosla. 
 
¿Como se puede comprar o vender el cielo? ¿Acaso se puede poseer la lluvia y el viento? La idea nos resulta extraña. Ya que nosotros no poseemos la frescura del aire o el destello del agua. ¿Cómo pueden comprarnos esto? Lo decidiremos a tiempo.
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi gente. Cada aguja brillante de pino, cada ribera arenosa, cada niebla en las maderas oscuras, cada claridad y zumbido del insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. 
 
Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos también son sus hermanos y deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida.
Una porción de nuestra tierra es lo mismo para él, que es un extraño, que viene en la noche y nos arrebata la tierra dónde piensa que la necesite. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y cuando la ha conquistado sigue su camino dejando atrás la sepultura de sus padres sin importarle. 
 
Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuerdas de colores. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solo un desierto.
La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja, pero quizá esto es porque el piel roja es un salvaje y no entiende.

Las ciudades están llenas de pánico a los ojos de piel roja. No existe un lugar pacífico en las ciudades del hombre blanco. El ruido solo parece insultar nuestros oídos. El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira, como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor.
Yo soy un salvaje y no entiendo como el humo del caballo de hierro puede ser más importante que el búfalo, al que nosotros matábamos solamente para poder sobrevivir.
Cualquier cosa que le pasa a los animales, le pasará también al hombre. Todos los seres están relacionados. 
 
Cualquier cosa que acontezca a la tierra, acontecerá también a sus hijos.
Si decidimos aceptar la oferta de comprar nuestras tierras, el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. ¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual, porque lo que suceda a los animales, también le sucederá al hombre. Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros; que la tierra es nuestra madre. 
 
Nosotros entenderíamos, si supiéramos lo que el hombre blanco sueña. ¿Qué espera describir a sus hijos en las largas noches de invierno? ¿Qué visiones arden dentro de sus pensamientos? ¿Qué desean para el mañana?

Pero nosotros somos salvajes. Los sueños del hombre blanco están ocultos para nosotros y por ello caminaremos por nuestros propios caminos. Si llegamos a un acuerdo será para asegurar su conservación como lo han prometido. Allí quizá podamos vivir nuestros pocos días como deseamos. Cuando el último piel roja se desvanezca de la tierra y su memoria sea solamente una sombra de una nube atravesando la pradera, estas riberas y praderas estarán aún retenidas por los espíritus de mi gente, por el amor a esta tierra como los recién nacidos aman el sonido del corazón de sus padres.
También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del Dios que los trajo a esta Tierra y que, por algún designio especial, les dió dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. Termina la vida y empieza la supervivencia.
Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no teje la red de la vida, no es más que un hilo de ella. Todo lo que hacemos a esta red, nos lo hacemos a nosotros mismos.
Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos.
Sabemos una cosa que el hombre blanco puede alguna vez descubrir: Nuestra Divinidad, nuestro Dios es su mismo Dios. Ustedes piensan que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra. Pero no es así. La Divinidad es el Dios del hombre, y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. La Tierra es algo muy preciado, y el deterioramiento de la Tierra provocaría la ira de la Fuerza Creadora.
Si vendemos nuestra tierra, ámenla como nosotros la hemos amado. Preocúpense de ella, como nosotros nos hemos preocupado. Guarden en la memoria el recuerdo de la tierra tal como era cuando la recibieron. Conserven la tierra, el aire y los ríos para los hijos de sus hijos, ámenla como nosotros la hemos amado y como la Divinidad nos ama a todos nosotros.

En este texto deja claro lo que es una nación para un hombre libre  y como en nuestro afán por apropiarnos de cosas que nunca nos pertenecerán ni debieran ser propiedad de nadie ha sido la causa de que no podamos decidir.

Hemos puesto precio a todo y nos creemos tener  derechos sobre ello. Hemos partido el mundo con líneas imaginarias que anulan nuestra libertad, porque dentro de cada  frontera hemos creado un sistema de control para engrosar más nuestras cadenas con normas. El estado, como las fronteras, son solo ideas transformadas por nosotros en realidad y que aceptamos sin meditar sobre su naturaleza y consecuencias. Por esas ideas matamos y destrozamos todo lo bueno que la madre tierra pone a nuestra disposición, incluso nos matamos entre nosotros. No se trata de crear estados pequeños o grandes, todos ellos, por muy pequeños que sean, ponen límites a la  libertad y nos convierten en servidores de los planes que otros están maquinando.

El argumentan más utilizado es que hay que poner normas, porque dicen que la maldad es inherente a la naturaleza del hombre. Es una gran mentira que se utiliza para justificar la opresión. La maldad del hombre es producto de la ambición desmesurada de unos pocos, quizás solo doscientas personas en un planeta de más de seis mil millones de almas que dominan la tierra y la manejan a su antojo, así lo refleja el libro que he mencionado antes, Los protocolos de Sion. Aterra la crudeza con la que este libro se aproxima a la realidad que estamos viviendo, de como  poco a poco se han ido cumpliendo todos los planes descritos en esta guía para dirigentes del mundo.  

Inducidos por las ideas de estos instigadores de avaricia, los demás somos conducidos al mismo odio y avaricia que promueven. El dinero, la educación reglada, el consumismo, todos ellos son inventos creados para este fin. Todo ello es necesario para poder dividir, manipular y, en último término, aceptar nuestra esclavitud y el sometimiento a sus leyes. ¿Cuantos robos habría si todo el mundo tuviese lo que necesita para vivir bien? ¿Cuantos asesinatos si no existiese el dinero? ¿Cuantas guerras si no existiesen los estados?

Nos han hecho creer que la tierra tiene dueño, al igual  que el  agua y el Sol. Le hemos puesto precio a todas estas cosas y delimitado territorios con normas de uso. En este escenario ideado por nefastos e interesados pensadores, nuestros hijos ya crecen con la impronta de esas mismas ideas  asumidas en su credo.   Ya no se hacen preguntan,  porque las cosas son así y si otro mundo sería  posible. No se cuestionan nada, obedecen y se distraen con el arsenal de artefactos diseñados para  ellos.  

El derecho a decidir de cada uno de los individuos que habitan esta tierra es inalienable. Cada uno de nosotros podríamos decidir  si ignorásemos las barreras que nos han puesto para evitarlo; barreras imaginarias con apariencia de realidad. Pero  cuando te tienes que enfrentar a aquellos que creen en la propiedad, pobres hombres engañados por la vanidad y el ego que no son capaces de vivir si no tienen la sensación de que su existencia está tutelada, surge el verdadero problema. En este sistema de control, los que no quieren pensar por si mismos, al igual que en la película matrix, se convierten en traidores de la libertad. Son los que no pueden aceptar la realidad ni madurar, los que necesitan de alguien que les guíe y les muestre el camino, los que necesitan de símbolos, ideologías, leyes, patria y rey.  Es hora de madurar y darse cuenta que no se puede luchar por ideas que son artificios envenenados diseñados por gente sin humanidad.

La tierra es capaz de proveer a cada uno de lo que necesita, no de caprichos banales, pero si de lo necesario. Nadie tiene derechos sobre la tierra, el agua o la energía, son cosas que están aquí para disfrute de todos, no solo de nosotros, sino de todo ser viviente que habite este planeta. Ningún estado, pequeño o grande, tiene poder sobre mí o sobre mi derecho de utilizar lo que la madre tierra me ha dado, sobre todo si yo decido que  no quiero que lo tenga, es mi derecho y lo ejerzo; así es como deberíamos pensar. Si todo el mundo decidiese se acabaría el hambre, la infelicidad y las guerras.

Y cuidado con lo que decidas, porque al final se puede cumplir


Si la ignorancia no es erradicada y los que creen en la propiedad de la tierra perduran, la raza humana está condenada a la extinción o la esclavitud. Hay que despertar y romper con las ideas que han hecho de nuestra vida un cautiverio.