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sábado, 13 de septiembre de 2014

El camino de Santiago


No comenzamos esta aventura con una razón concreta, al menos yo. Por mis creencias personales no buscaba la redención ni el perdón del santo, como se supone que es lo normal o podría ser alguna de las razones. Quizás, solo al finalizar, me di cuenta que simplemente buscaba alejarme de lo cotidiano. De todas formas, motivos para tomar una mochila y perderse por los caminos hacia Santiago pueden ser muchas, pero lo que te puedo asegurar es que sea cual sea la que te llevó merecerá la pena, a pesar del esfuerzo y las incomodidades.

Si no te has estás bien preparado físicamente o tienes lesiones antiguas, las agujetas, el dolor de pies y espalda, la fatiga y el desánimo te hagan preguntarte muchas veces que haces allí, pero al alzar la mirada y ver los parajes que te envuelven, los sonidos, los olores de la naturaleza y el ambiente único que se vive en el camino, estoy casi seguro que tus dudas se disiparán al instante, como me sucedió a mí. No importará nada lo que te trajo, solo que estás allí.

Inolvidable, gratificante y sobre todo un deleite para los sentidos, son solo algunas de las cosas que puedo decir del Camino de Santiago, de la ruta que va desde Sarria a la plaza del Obradoiro, una de las plazas más hermosas que han podido contemplar mis ojos y que me llenaron de emoción al contemplarla por primera vez.

Esta es la ruta que hicimos y que hoy comparto con aquellos que quiera conocerla.

Preliminares:
Hay muchas formas de plantearse el camino, tantas como razones para hacerlo. En nuestro caso, y dado que no estábamos habituados a las caminatas que nos esperaban, optamos por la versión suave, contratando un paquete de hospedaje para que nos facilitase las cosas y atenuase el hecho de nuestra poca preparación física y las dificultades motoras de mi compañera. Después de mucho buscar y comparar precios acabamos contratando el paquete que ofrec Viviendo Experiencias (http://www.viviendoexperiencias.com/). Esto implica un desembolso importante, pero a cambio tenías la comodidad de un alojamiento individual en hoteles de tres estrellas con desayuno, trasporte de equipaje, asistencia y dejar el coche a buen recaudo hasta la vuelta; todo un lujo que no se puede permitir un auténtico peregrino. Con esta opción no es necesario cargar con todo el equipaje, solo lo imprescindible para el camino; un pequeño botiquín, calzado y calcetines de repuesto y si no quieres hacer paradas, algo de comida y agua; aunque fuentes no te van a faltar en el camino, así como sitios donde descansar y llenar la barriga de buena comida.

Comenzando en Sarria:

Si como el nuestro este es tú origen del camino de Santiago, debes de saber que en Sarria encontraras todo lo que necesitas para el camino; si no te importa pagar un poquitín más, claro. Si no quieres llegar cargado de cachivaches, allí encontrarás calzado, mochilas, el imprescindible cayado o bastón, y por su puesto, la concha de la vieira para adornar tu atuendo de peregrino. El moderno atuendo del peregrino hoy ha pasado de la capa y las sandalias, al calzado de marca y sofisticados palos para caminar, pero qué le vamos a hacer, los tiempos cambian, o no; depende de ti.

No está de más pernoctar uno o más días en este pueblo gentil para visitar sus lugares emblemáticos y conocer de primera mano su historia. En la iglesia de Sarria podrás poner tu primer sello y por el casco antiguo del pueblo entablar contacto con el ambiente que te acompañará a lo largo de todo el camino, pues siempre hay peregrinos de todas las nacionalidades que transitan o inician su recorrido allí. Ellos te harán sentir la sensación inconfundible de estar en el Camino de Santiago. Es un ambiente cosmopolita y propio de un lugar de paso.
No nos faltarán alojamientos; desde los más básicos (los albergues) a los lujosos hoteles. Tampoco faltan lugares donde disfrutar de buena comida gallega. Sus gentes recibirán tu visita amablemente, sabiendo que traes la vida a un pueblo donde la crisis y la especulación inmobiliaria se ha dejado sentir en buena parte, y, como en otros muchos lugares, afeándolo con construcciones que en nada merece el entorno donde se ubica Sarria. Esto será algo común en todos los pueblos del camino que tengan un cierto tamaño.

No pretendo hacer de esto una guía, sino que seas tú el que descubra y experimente. No obstante, si deseas comer bien, de los dos sitios donde paramos a comer, el hostal Mar de Plata nos ofreció una buena relación calidad precio y un servicio excelente, aunque para llegar deberás ir a la parte moderna del pueblo. Dejando el buen yantar a un lado, es recomendable que te informes y elijas bien que sitios deseas ver, pues cada rincón del camino tiene su historia particular. Sarria tiene muchos, pero el tiempo siempre escaseará y deberás elegir qué ver; además, cuenta que hay que caminar y debes de estar descansado para el día siguiente.

De Sarria a Portomarín 23 Km, toma de contacto.
A cada paso cambia el paisaje, cambia la luz y las personas con las que te encuentras, viajeros o peregrinos que como tú viven la experiencia del reencuentro con el pasado, la naturaleza y su interior. Porque el camino de Santiago es, ante todo, un viaje al interior a través del silencio que no encontrarás en la ciudad, a través de cada rincón, paraje o construcción centenaria; todo de una inusual belleza a la que ya habías perdido la costumbre de ver. El sonido del agua de los riachuelos, el trino de los pájaros, el ritmo pausado de las aldeas y, sobre todo, la quietud que trasmite el murmullo de los bosques gallegos. El sonido de tus pies en la graba será la música que escucharás durante todo el camino, no la aceleres demasiado o lo pagarás caro, piensa que hay muchos kilómetros que recorer.

Los inicios son duros: cuestas interminables; bajadas que mellan tus rodillas... Pero nada hay como poner un pie delante del otro y caminar. No preguntes cuanto falta, no mires los kilómetros que marcan los mojones, puedes caer en la desesperanza; tan solo sigue las flechas amarillas que marcan el camino. Detente si lo precisas, no mires el reloj y absorbe lo que entra por tus sentidos. Deja que fluyan tus pensamientos y camina. Esta receta te servirá para el largo camino que te espera.

Cruzarás granjas de vacas y un hedor de estiércol fresco penetrará en tus fosas nasales. Si no estás acostumbrado te resultará muy desagradable, incluso nauseabundo. No te preocupes, te acostumbrarás, al igual que a pisar alguna que otra sorpresa que dejan las vacas a su paso; ten cuidado. Es tan solo un recordatorio que estás en la tierra donde se produce excelente leche y carne. A lo que tendrías que acostumbrarte es a ver el poco respeto que tiene algunos que se hacen llamar peregrinos con el entorno natural. Porque es lamentable que habiendo papeleras y sitios para deshacerse de la basura se algunos se dediquen a llenar los senderos de su porquería; es muy fácil no ser como ellos, recuérdalo. No se trata de ser un buen peregrino o no, sino de ser una persona responsable y respetuosa con un entorno que no merece ser afeado con tus deshechos.

Las piedras y los bajadas son traicionaras. Una torcedura puede arruinar tu viaje y a lo largo de nuestro recorrido pudimos ver como alguno tubo que volverse a casa sin completarlo. Llevar un buen calzado es vital, así que es mejor que no escatimes en ese gasto, ni tampoco en precaución. Una pequeña lesión puede convertirse en un gran impedimento cuando tiene que caminar tantos kilómetros.

No te preocupes si tienes hambre y no tienes comida; como antes te dije, por poco dinero encontrarás lugares para comer a lo largo de todo el camino. Bocadillos y empanada gallega saciarán tu hambre. Además podrás poner un sello en cualquiera de los sitios que visites para recobrar fuerzas, claro está, si deseas la compostelana. No esperes grandes lujos en camino, solo encontrarás lo que necesitas y poco más.

Al final del tramo el paisaje te ofrecerá vistas espectaculares y los pies te pesarán. Después de haber sufrido una montaña rusa, una bajada final te llevará hasta Portomarín, una pesadilla para los que tienen las rodillas delicadas. Después de la interminable bajada, un largo puente que atraviesa el Miño te conducirá a unas escalinatas. La traca final del trayecto es vértigo para quien lo sufra, y si sopla viento, miedo y casi terror. Es el final de uno de los tramos más largos.

En Portomarín

Si has caminado al ritmo esperado y has madrugado lo suficiente, serán las dos de la tarde y tu hambre se peleará con las ganas de descansar. Tranquilo; ambas podrán ser saciadas. Portomarín ofrece una plaza plagada de terrazas donde podrás hacer las dos cosas a la sombra de la iglesia de San Juan, también llamada Nicolás. Es una iglesia peculiar, pues más que iglesia parece un castillo. Merece la pena, aunque no seas religioso, admirar su interior. De hecho, cualquiera de las construcciones centenarias del camino están plagadas de maravillas e historia que bien merece ser conocida y fotografiada. No olvides llevar una buena cámara para inmortalizar los parajes que encontrarás.
Portomarín no es una población muy grande y verás que su vinculación con el camino es evidente. Como muchos otros pueblos de la ruta jacobea, ha crecido con las visitas de los peregrinos y gran parte de su economía está dedicada al peregrino.

De Portomarín a Palas del Rey

Nos enfrentamos a otra etapa larga del camino, ya tocados físicamente por la anterior. Aunque comimos bien, nos acostamos temprano y descansamos bien, todavía se notan las secuelas del día anterior y comienzan a notarse algunas agujetas. Con el Sol nos ponemos en marcha y poco a poco las piernas empiezan a funcionar como es debido. Es verano en el que lo hicimos, las mañanas eran frías y no esperamos, ni el calor ni el asqueroso bochorno del Este de donde partimos. Atrás va quedando Portomarín después de cruzar por un puente aledaño al moderno que utilizamos para entrar, y que está al lado de otro puente desvencijado, que todavía era más antiguo y por el cual apenas cabrían dos personas juntas; los tres cruzan el Miño en paralelo.
Enseguida se hace notar el suave ascenso por la falda del monte de San Antonio. Después el camino discurre por paisajes diversos; algunos cercanos a la autovía, otros en bosque cerrado de gran belleza, donde robles, abedules, encinas, y sobre todo los altos eucaliptos se van alternando para recrear la vista al caminante. Pasamos aldeas y vemos muchas iglesias románicas, granjas... pero sobre todo la bella Galicia y su naturaleza exuberante. No faltan los riachuelos y arroyos para refrescarnos los pies, todos de aguas cristalinas. Mientras caminas tus ojos se centran en el paisaje, en los sonidos. Poco a poco los pensamientos quedan atrás, desaparecen como la bruma matinal. La mente descansa mientras se colman los sentidos. Es una forma de meditación, de acallar el trajinar cotidiano del cerebro con cada paso. De vez en cuando te adelantan o adelantas peregrinos. Alemanes, japoneses incluso algún australiano. Aunque de idiomas y culturas tan diferentes, saben decir y entienden lo que significa “Buen camino”. Es lo que todos te desean y es lo que nosotros deseamos a ellos. Se hace tarde. Son ya las tres de la tarde y tememos no poder llegar a tiempo para de comer. Decidimos entonces paramos en un restaurante, cuando creíamos que faltaba poco para llegar a de Palas del Rey. No había muchas mesas ocupadas, pero tardan en atendernos. Primer plato, bueno, pero escaso. Esperamos una eternidad para el segundo, tanto que decidimos irnos. Un servicio de pena, la cocina no funciona y salimos de allí muy decepcionados. Mejor haber seguido caminando sin comer que parar allí.

En Palas del Rei

Como en casi todos los pueblos y aldeas del camino, Palas del Rei tiene ese toque mágico de la ruta jacobea. Es un municipio muy conocido del camino, pero puede que en un principio no nos parezca más que un pueblo cruzado por una carretera. Su parte moderna no nos ofrecerá nada distinto de otros pueblos, pero si caminamos un poco para explorarlo, los monumentos románicos y, especialmente la Iglesia de San Salvador, nos dirán pistas de donde estamos. Debido al poco tiempo del que dispusimos, que el alojamiento estaba lejos del pueblo y que no apetecía caminar por el cansancio acumulado, no pudimos ver estos lugares, algo que nos hubiese gustado. Por ello insisto que a la hora de realizar esta ruta, planificar bien cuanto tiempo necesitáis para no perderos tanto como nosotros. Cierto es que un peregrino no para mucho tiempo en el mismo lugar, pero no sería justo realizar tanto esfuerzo para no recibir la pequeña recompensa de ver, aunque solo sea alguna de estas maravillas arquitectónicas, únicas y plagadas de historia. Aquí dejo un enlace que servirá como guía de lo que se puede visitar en este pueblo y que no pudimos ver por el escaso tiempo. De todas formas, hay que tener en cuenta, que hacer el camino de Santiago no es hacer una ruta turística. Como dije al principio es un camino al interior de uno mismo. Es por ello que lo más importante no es visitar sitios emblemáticos o turísticos, sino la realización del camino. Seguro que, después de hacerlo os queda la necesidad de conocer aquellos lugares donde habéis estado y conocer más de su historia. Siempre existirá la posibilidad de que otro año, con más tiempo, podáis hacer la misma ruta y profundizar el en conocimiento de estos lugares que os gustaron, sin el cansancio y el dolor de pies que os permitirá, con mejor disposición, disfrutar de la experiencia.
Solo me queda decir de la estancia en Palas del Rei, que el bonito complejo la Cabaña, situado a ochocientos metros del pueblo, cumplió con nuestras expectativas de descanso y comodidad, además de ofrecernos buena comida en el asequible menú del día. No obstante, la distancia con el pueblo es considerable, sobre todo cuando el cansancio del camino ha mermado tus fuerzas.

De Palas del Rei a Melide 15Kms.

Como ya era casi habitual, nos levantemos temprano, y después de un buen desayuno cogimos nuestros trastos y nos pusimos a caminar. En esta ocasión, sabiendo que la etapa era mucho más corta y descendente, los ánimos eran mejores. Después de haber recorrido ya casi cincuenta kilómetros, teníamos una idea más clara sobre la distancia que nos quedaba. Sería un paseo comparado con las dos etapas anteriores. Por suerte, y como los dos días anteriores, el tiempo era esplendido. Algo de bruma al principio, cielo claro después y un sol que no calentaba demasiado nos acompañó todo el camino. Llegados a este punto, y mientras caminaba disfrutando como un niño del camino, sacando fotos y memorizando cada bosque, cada valle y cada paisaje, comprendí una cosa; no eramos peregrinos de verdad. Una anécdota que sucedió un día antes de empezar desde Saria me lo dejó muy claro. La contaré, para que los que quieran hacer el camino como peregrinos, y no como turistas, sepan lo que es; pues dice mucho de su significado.

Cando planificamos el viaje en coche desde Barcelona, y para que no se hiciese tan pesado, pues eran casi mil kilómetros, decidimos que pernoctaríamos en Burgos. Fue una muy buena decisión, pues al salir temprano desde nuestro origen, llegamos a la hora de comer a Burgos; pudiendo pasar todo resto del día y parte de la mañana siguiente, conociendo aquella maravillosa ciudad; su catedral, su gastronomía y sus paseos abiertos y ajardinados. Pero la anécdota no sucedió allí. De camino a Sarria, mi compañera y princesa de los viajes deseaba desviarse de la carretera nacional y pasar por La Cruz De Ferro, en los montes Aquilanos, en pleno corazón del Bierzo y a casi 1500m de altura sobre el nivel del mar.

Para llegar hasta allí, hay que hacerlo por una carretera secundaría bastante mala y con una dura subida después. A pie, para los que ya ha recorrido tantos kilómetros desde alguna de las rutas del camino, es un auténtico suplicio. Nosotros subimos en coche, y solo de ver como los peregrinos subían aquellas cuestas a pie o con bicicleta, ya me dolían las piernas.
Allí pasamos un buen rato, admirando las vistas y retratando el momento. Cuando nos disponíamos a partir, ya con el motor en marcha, un chico joven que cojeaba ostensiblemente, se nos acercó a la ventanilla del coche, parecía un esguince aquello que sufría. Nos pidió, por favor, si podríamos llevarlo a Ponferrada, pues si lesión le impedía seguir a pie. Nos ofreció dinero, pero yo, por supuesto, lo rechacé. A pesar de que llevábamos el maletero lleno y haciendo malabares, pudimos meter la enorme mochila y una guitarra. Durante el descenso por aquella carretera llena de curvas imposibles, nos explicó que era un ingeniero técnico italiano, concretamente milanés. También lo apenado que estaba por no poder continuar y, claramente invadido por la emoción y la nostalgia, algunas cosas que le habían pasado durante su camino desde el País Vasco hasta la Cruz de Ferro. Después de recorrer unos diez o quince kilómetros a muy baja velocidad por en sinuoso trazado montañoso que bajaba a Ponferrada, el chico, del que ahora no recuerdo su nombre, me pidió que parase porque quería seguir a pie. Había estado unos minutos en silencio meditando aquella decisión. Intenté convencerlo para que no siguiese, pero me explicó que se sentía mal y culpable por no continuar.
A pesar de no saber el alcance de su lesión o el destino incierto que le esperaba, decidió continuar. Lo dejamos allí, a la vereda del camino, con un cielo que amenazaba lluvia, con su guitarra y su pesada mochila; respetando una decisión de alguien que estaba seguro de lo que quería. Quizás había comprendido el verdadero sentido del camino, o tal vez, solo quería superarse a si mismo y conocer sus limitaciones. En cualquier caso, aquel joven, era un auténtico peregrino; nosotros, solo turistas.

En Melide
Llegamos temprano y no demasiado cansados. Sobre la una nos encontramos cruzando el puente de Furelos, donde no era difícil imaginar el trasiego de carros en épocas pasadas, pues nada a la vista, más que el atuendo de los peregrinos y algunas casas modernas, recordaba la época actual. La visión de este puente es evocadora de tiempos mediabales. Su estado de conservación, teniendo en cuenta el tiempo que lleva allí viendo pasar peregrinos, era sorprendentemente bueno, nadie diría que lleva siete siglos sobre el río.
Después de recrearnos un poco la vista y hacernos algunas fotos junto a las casas de tejado de pizarra, como buenos turistas, nos adentramos en lo que parecía la parte vieja del pueblo. Calles empinadas, casas de piedra y gentes formaban el paisaje idílico de un pueblo tranquilo, nada que ver con el ritmo caótico y frenético de los lugares que normalmente habitamos nosotros, Lamentablemente, no tardamos en volver a entrarnos en el siglo XXI, cuando nos acercamos a la nacional. Toda la parte moderna del pueblo de Melide ha crecido a lo largo de ella. Es una de esas estupideces que se hacen cuando se construye sin sentido ni planificación. Allí es donde estaba nuestro hotel, un edificio como casi todos los edificios modernos construidos en un pueblo plagado de historia, feo y fuera de lugar. No obstante, para descansar del viaje, eso no importaba demasiado, aunque molestaba. Después de acomodarnos y quitarnos el polvo del camino, nos dirigimos carretera abajo para encontrar alguna de las famosas pulperías por las que es famoso este pueblo, y vaya que si la encontramos y comimos bien. La verdad es que tiene bien ganada su fama este pueblo. Por apenas 12€ por persona, probamos lo mejor de los productos de la gastronomía gallega, quedando completamente saciados y preparados para aguantar lo que fuese, claro esta, que solo después de una buena siesta, porque el estómago pesaba de verdad..
Cuando terminamos de digerir el tremendo atracón, volvimos para visitar el centro del pueblo. En esta ocasión, con más tiempo para poder disfrutar de una buena cerveza en una terraza tomada sin prisa. Lástima, que los problemas musculares que mi compañera de fatigas arrastraba, no le permitieron demasiadas alegrías, yo por el contrario, con mi hija si visité gran parte del pueblo, incluyendo la iglesia de Santa María, en la que puse el sello de los tres después de conversar un poco con el párroco, una persona culta y agradable que me hablo un poco de la historía y de sus vivencias.
Sé que puede que el hecho de estar lejos de casa nuble mi juicio para evaluar la calidad humana de la gente, pero no dudo al decir, que todas los gallegos con las que hablé eran amables y abiertos, gente de bien dispuesta ayudarte a encontrar el lugar, dispuestas a explicar y conversar sin importarles tu procedencia. Supongo que eso es parte de vivir en un lugar donde va tanta gente de paso y de tantos lugares distintos. Eso si, no preguntes cuanto queda para llegar, porque todos te dicen que falta poco.


De Melide a Arzua 14Kms

Ya no nos resultaba extraño levantarnos con el sol y ponernos a caminar, era una rutina que llevábamos tres días realizando. Desayunar, cargar la mochila y coger el callado, se había convertido ya en costumbre. Sin darnos cuenta, nuevamente estaríamos en el camino y ante nosotros la exuberancia de las tierras gallegas; a esto nunca se acostumbraron mis sentidos. Siempre me sorprendía un paisaje, un lugar, la gente; era algo a lo que jamás podría llegar a ver como algo trivial. Si hay algo que me enseñó esta aventura, es que cuando estamos asentados en un lugar dejamos de sorprendernos por las cosas que nos son familiares; vivimos sin vivir realmente. Solo cuando salimos de de ahí, nos damos cuenta de la gran capacidad de absorción de nuestros sentidos, y el camino de Santiago ejerce un poder mágico, si se puede llamar así, para que te des cuenta de tus habilidades de recordar y sorprenderte.
Por la distancia y la orografía sabíamos que no iba ha ser un tramo difícil, casi un paseo comparado con anteriores tramos. Sin demasiadas cuestas avanzamos entre abedules y castaños. Disfrutando de vistas y lugares idílicos, siempre acompañados por riachuelos de agua trasparente y clara. Ribadiso, Castañeda y Boente fueron los pueblos que tuvimos que atravesar, todos ellos con encantos y servicios para el peregrino y lugares donde recrear la vista. Ribadiso, al que llagamos por un puente precioso construido en siglo XII, tenía una casa de piedra muy bonita, que después descubrimos que antes fue un antiquísimo hospital para peregrinos y luego rehabilitada como albergue. Este tipo de construcciones están presentes en todo el camino.

Aquí quiero hacer un inciso:

Sabemos que el camino de Santiago es de origen religioso, concretamente cristiano, y puede que muchas personas que no lo son o que están en contra de esta religión, cosa que entiendo pero no comparto, tengan prejuicios a la hora de ponerse en el camino. Pero no cabe duda, que al margen del carácter religioso del camino o de las circunstancias de las personas que se proponen hacerlo, tiene algo mágico que trasciende a lo religioso y te sumerge en la espiritualidad. Al margen de la fe y las creencias, los que pasaron por estos lugares de culto, tenían un gran amor por la belleza y pusieron ese amor en cada una de sus edificaciones y lugares del camino donde estuvieron, dando como resultado de conjunto una autopista hacia la reflexión y la meditación contemplativa. Las gentes que pasan por allí, van dejando su estela y sentimientos, impregnando el camino de sensaciones que queda para ser sentidas por los que lo realizan después.

No son pocos los que se aprovechan comercialmente del camino ni tampoco los que lo ven como un negocio, pero los que caminamos con la mente abierta por esos lugares podemos ver su magia . No es solo el camino, ni los lugares, ni la gente, sino el el conjunto de todo ello lo que hace de este trayecto algo especial, sin tener en cuenta las creencias religiosas que proceses o si no las tienes. Yo, como budista practicante de hace muchos años, no puedo hacer otra cosa que respetar a aquellos cuyas creencias son diferentes a las mías, sin embargo, nunca entenderé, aunque los respete, los prejuicios de gentes que no han vivido la experiencia. Desde luego no me convertí al cristianismo por el hecho de hacerlo, pero si me hizo más humano; y esto es extrapolable a cualquiera que lo haga, sea cual sea su condición o creencia; siempre y cuando esté predispuesto a sentir el camino.

En Arzúa

Serían muchos los lugares que hubiésemos tenido que visitar en este entrañable pueblo y no visitamos. La iglesia de Santiago de Arzúa, capilla de la magdalena y otros muchos enclaves quedaron sin ser visitados. LA escusa siempre es el cansancio. Lo único que quieres es comer y echar la siesta. No fue nada fácil hacer lo segundo en esta ocasión, pues una excursión de chavales con la que coincidimos en varias etapas del camino corría sin control por los pasillos del hostal sin que los padres hiciesen nada. Al final, mi compañera harta de tanto escándalo que le impedía dormir, tuvo que llamar a la recepción del hotel. Los niños son niños, pero los padres son adultos, y aveces lo olvidan.
Por la tarde, entonces si, pudimos dar una vuelta por el pueblo y visitarlo con tranquilidad. Nuevamente, y esto lo tengo que resaltar, la amabilidad y el cariño de las gentes se hicieron patentes. Galicia es un lugar maravilloso, plagado de lugares idílicos que merecen la pena; hagas o no el camino. Envidio sanamente su naturaleza y sus ríos y la tranquilidad que se respira en sus pueblos, tan diferentes del sitio donde vivo. 

De Arzúa a Pedrouzco 20Kms

Cuando ya llevas unos días caminando entre cinco y nueve horas diarias, el cuerpo empieza a reaccionar positivamente al esfuerzo. Al menos yo, ya casi no sentía las agujetas y parecía que mis pies caminaban sobre el aire. No puedo decir lo mismo de mi mujer, pero si de mi hija, que los primeros días estuvo a punto de derrumbarse y ya caminaba en vanguardia, dejándonos muchas veces atrás; bendita juventud.
En el camino te topas con diferentes personajes, algunos pintorescos. En etapas anteriores ya habíamos coincidido con tres personas, un señor que rondaría los sesenta y cinco o setenta con su mujer, de similar edad, y la que parecía su nieta que les acompañaba. Nos pareció hermoso que ver como unos abuelos acompañaban a su nieta, que imagen más bonita, pensamos. Pero pasados unos kilómetros vimos una reacción del abuelo que no tenía ni pies ni cabeza: Es costumbre de los caminantes dejar encima de los mojones que indican los kilómetros que faltan hasta Santiago, objetos que le recuerdan a cosas negativas de su pasado y que quieren olvidar, al menos eso creo. Este hombre, cuando pasaba al lado de uno de estos mojones llenos de objetos, sin reparo ni respeto alguno, arrojaba al suelo con su bastón los objetos, y además lo hacía con ira. No sabemos con certeza si se trataba de un fundamentalista religioso del Opus dei o algo así, pero no nos quedo duda de su falta de respeto a los demás. No era solo que tirase al suelo los objetos, sino que los dejaba en el sin ninguna consideración. Siempre me quedará la duda de los motivos por los cuales actuaba de tan extraña forma. También nos encontramos con lo que parecía una congregación de alguna orden masónica alemana. Lo supimos por las cruces que portaban. En nuestra primera etapa, una mujer de este grupo se dio un buen testarazo, pero a pesar de las heridas llegó hasta el final del camino. Al igual de el limpia-mojones, que lo vimos en la catedral de santiago, rezando junto a un grupo de hombres de aspecto extraño. De ahí es donde sacamos la conclusión que pertenecía a algún grupo radical, puesto que las vestimentas eran muy similares. Entre este hombre y el peregrino italiano, que a pesar de la torcedura de tobillo quiso seguir a pie, hay todo un abanico de personas, que por diferentes motivos estaban con nosotros haciendo el camino.

En Pedrouzco

Llagamos tarde como era de esperar, pero no demasiado cansados. En esta ocasión disponíamos de un alojamiento que pudimos calificar como el mejor lugar para dormir y descansar en el que estubimos. Un viejo molino rehabilitado como hotel llamado el Moino de pena. Un sitio tiene con encanto especial, no solo por tener un río al lado y ser un molino, sino por su jardín botánico natural. Un camino que discurría a la vera del río, de naturaleza exuberante cuyo único indicio de que era un jardín eran los letreros informativos de las diferentes especies de árboles y fauna.

Con los pies sumergidos en las aguas frías del riachuelo o sentados en una hamaca al lado del mismo, pasamos una tarde tranquila y relajada. Si cerrabas los ojos y prestabas atención a tu olfato, miles de aromas de la naturaleza te inundaban, mientras que tus oídos escuchaban el rugir tranquilo del agua saltando entre las piedras y el zumbido ocasional de las libélulas haciendo acrobacias sobre el agua. Unas libélulas, por cierto, de colores estrambóticos, verdes, violetas, algo que nunca había visto. Era sorprendente el nivel de conservación de la originalidad del molino, trasformado en una pequeña estación hidroeléctrica oculta para no alterar el molino ni el entorno. En el interior un pequeño museo conservaba la maquinaria original y los enseres y herramientas del molinero.

En un comedor que inspirado en la época, disfrutamos de una de las cenas más suculentas y bien presentadas que hemos comido nunca. Una mezcla de sabores tradicionales de Galicia presentados con maestría por una cocinera excelente. Cierto que no resultó nada barato, pero la experiencia gastronómica valía su precio en oro. Al anochecer la ausencia de contaminación lumínica, un cielo plagado de estrellas sirvió de escenario conversar con los huéspedes alemanes, que a duras penas pude pudimos con un pobre inglés y su acento marcadamente alemán. No visitamos Pedrouzco, puesto que nos recogieron cuando llegamos y hubiésemos tenido que recorrer un buen tramo para hacerlo; el hotel molino estaba muy lejos del pueblo. Pero la verdad es que en esta ocasión no me importó mucho. Al fin y al cabo, la consideramos como una etapa de descanso antes de salir hacia Santiago.

Ultima etapa Arzúa Santiago 19 Km.

Llegábamos al final y la tristeza se juntaba con la alegría. Por un lado el camino sabía a poco, por otro, sabíamos que por la tarde y antes de que el sol comenzase a bajar en el horizonte, estaríamos en Santiago. El paisaje se hacía mas denso en población y había menos presencia de bosque. Granjas de vacas y su peculiar aroma, predominaba frente a la naturaleza. Los caminos, mucho más transitables y con más asfalto que tierra, ya no eran tan bonitos. Se podía intuir la cercanía de Santiago porque atravesábamos polígonos industriales y el número de peregrinos crecía y casi se masificaban los caminos. Era palpable y se podía ver la emoción en sus rostros, al igual que el agotamiento por tantos días de camino. Algunos de ellos llegaban desde sitios mucho más remotos que nosotros. País Vasco, Asturias, Francia, quien sabe si más lejos.


Sobre la una alcanzamos alcanzamos el monte del gozo, a solo 5 kilómetros de nuestro objetivo. Desde allí, y por primera vez pudimos ver las torres de la catedral, lejos en el valle. Después de descansar un poco y disfrutar de las vistas comenzamos el descenso hasta la capital del santo en busca del final del trayecto. Después de haber atravesado pedregales y polvorientos caminos, a nuestros pies le resultaban extrañas las aceras. Volver a la moderna ciudad se hacía duro y casi frustrante, quizás porque esperaba encontrarme con un pueblo medieval, gaiteros esperándome, no sé... La imaginación cuando caminas se hace caprichosa y es muy dada a inventar escenarios de tu llegada; pero mi imaginación no estaba tan equivocado. Después de un tramo interminable por el moderno Santiago por modernas avenidas y jardines bien cuidados, la arquitectura cambió y entramos en el casco antiguo de la ciudad. Y como imaginé, me vi envuelto por su arquitectura medieval.
Catedral de santiago
Enormes edificios de piedra, iglesias y estrechos callejones acompañados de un ambiente bullicioso, plagado de peregrinos, mercaderes y turistas. No faltaron las gaitas en la entrada triunfal de la plaza del Obradoiro. Se me considera un hombre frío, muy poco dado a expresar mis sentimientos y mucho menos a llorar. Pero lo que sentí al cruzar la puerta y verme frente a la catedral, en medio de la plaza, fue tan fuerte que no pude retenerme ni controlar las lágrimas, de la misma forma que lo hicieron mis acompañantes y casi todo el que llegaba allí. La imagen de aquella maravilla arquitectónica y esa grandiosa plaza, es algo que no se puede describir con palabras. No importa la religión que proceses ni tus convicciones, ante esta visión majestuosa caen todas tus murallas emocionales. Cientos, quizás miles de peregrinos se la ocupan, se abrazaban y lloraban de una alegría incontenible.

En Santiago de Compostela, La lección aprendida.

No fue tanto el llegar al final como el hecho de recorrerlo lo que hizo del trayecto algo único para aprender y vivir nuevas experiencias. La lección más importante que saqué es que somos demasiado inmovilistas, apegados a una vida mundana que no sacia nuestras ansias de conocer ni experimentar sensaciones. Me pregunto que tendría de malo ser un errante vagabundo que recorre el mundo experimentando lo mejor de cada lugar. Conociendo la cultura y las costumbres de cada sitio visitado. Pongo en una balanza lo que conocí en apenas seis días de camino y lo que aprendí en un año viviendo en mi vida habitual y no comparación. Se me hizo corto hasta el punto de querer seguir, no haciendo este camino, sino recorrer el mundo así, caminando con lo puesto. Por desgracia, el mundo no está hecho para errantes. Las fronteras, la desconfianza, el egoísmo y la mandad de muchos hombres han hecho de este mundo un lugar hostil para personas con este deseo. La sociedad que hemos creado nos conduce irremediablemente al apego, y por tanto, al inmovilismo que anula nuestro deseo de aprender. Es una forma muy triste de aprovechar este regalo que es la vida. Algunos, muy pocos, se atreven a comprar un velero y recorrer el mundo, otros deciden ser errantes y bohemios, es tan solo una cuestión de decisión y coraje que muy pocos están dispuestos a hacer frente.
Dejando atrás mi melancolía, no más me queda decir apenas una palabras sobre Santiago. Al igual que otras ciudades históricas que he visitado, como Salamanca, Toledo, Segovia o Córdoba, El Cairo, Berlín y otras muchas que me dejo, Santiago está cargada de monumentos y sitios emblemáticos. Serían necesarios muchos días para visitarlos todos y disfrutar de amplia oferta de cultura y gastronomía, algo que cuando vas con el reloj puesto es imposible hacer. Cuando viajas con la intención de aprender de los lugares que visitas, comprendes que las fronteras no deberían existir, que la diferencia entre culturas no es sinónimo de país o estado, sino de formas de entender la vida, que se adapta al lugar y el entorno. Es una buena forma de curar esa enfermedad llamada nacionalismo.
Santiago es ante todo muy cosmopolita y acogedora. Su casco antiguo, plagado de comercios y restaurantes, sobre todo por la noche, te trasladará a otros tiempos. Al igual que Ciudad Rodrigo, esperaras encontrarte a dos espadachines con su capa y sombrero de ala ancha en duelo en uno de sus callejones. Calles empedradas hechas para pasear tranquilo. Solo una noche estuvimos, pero supo a poco. Por la mañana, ya con nuestra compostelana y no muy temprano, abandonamos el lugar en autobús hacia Saria. La distancia que tardamos seis días en recorrer, en apenas hora y media se consumió para frustración nuestra. Una vez en Saria, recoger el coche y volver a la vida mundana y la rutina esclava. Quien sabe si volveremos, ganas no nos sobran, pero tiempo y valentía... 

Nota del autor: Algunas imágenes no se corresponden con el lugar, es complicado elegir entre el sinfín de fotografías elegir las adecuadas. Con el tiempo añadiré más y las ordenaré. Espero que os haya  gustado este viaje.