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lunes, 8 de septiembre de 2014

Pujolet Pujolet


Cuando el río suena agua lleva, dice el refrán. En el caso de la familia Pujol, lo que suena no es una riachuelo, sino aguas bravas del amazonas. Desde el caso Banca Catalana y aquel rife y rafe entre Maragall y Pujol sobre el 3%, se podía intuir que en la gestión de las finanzas catalanas había algo que olía a podrido, pero entonces convenía taparlo y así se hizo  con la colaboración necesaria del gobierno central, jueces y funcionarios. Eran los tiempos en que la burbuja inmobiliaria estaba en plena expansión y se disponía de muchos recursos para pagar el silencio. Además, cuando se trata de corrupción institucional y son muchos los implicados, se puede negociar el silencio por conveniencia mutua, sobre todo si la corrupción era, como sigue siendo, generalizada. Es una muestra más de cuales son principios que rigen a los hombres poderoso de segundo nivel. Para ellos, como para los de primer nivel, banqueros y demás, el fin justifica las medios, aunque  sean inmorales y perjudiquen al resto de la ciudadanía; al menos es lo que nos muestran los hechos.


Ahora, en plena exacerbación del sentimiento nacionalista y crisis económica, que casualidad, se levanta la tapa del váter y sale toda porquería.  La corrupción es utilizada como arma de guerra, como lo es el nacionalismo para satisfacer las ansias de poder de algunos. No entiendo como hay gente que todavía cree en la buena voluntad e intenciones de estos sicarios a sueldo de las multinacionales y entidades financieras. No se dan cuenta del verdadero fin por el cual se metieron en política y quien los puso allí, lo que hay detrás de los supuestos ideales.  

El muy honorable consiguió la admiración del pueblo catalán. Su imagen pública  de hombre sereno, amble y trabajador ocultaba su faceta egocéntrica y un desmesurado afán por lo ajeno, no solo, él, sino toda la familia, que como suele ser habitual en los que ejercen el poder, le llevó a pensar que lo público y, en este caso,  los catalanes eran su de su propiedad y podía hacer lo que quisiera, que para algo era suyo.

No me importa demasiado lo que digan los jueces, el tribunal de cuentas o la madre que los parió a todos. Una trabaja toda su vida pare tener un estatus de vida mediocre, agobiado por los impuestos,  multas y compañías monopolistas que cobras y fijan el precio de las cosas como les da la gana. Y pobre de ti si cometes el error de no declara una peseta a hacienda, la que te cae con los intereses es de ruina. Sin embargo, a estos vividores  sacamantecas, con su dinero y ejercito de abogados, todo les es permitido. Se van de rositas y justifican la ruina de sus súbditos alegando que les roban. Se cree el ladrón que todos son de su condición, un buen refrán para finalizar este post.