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sábado, 1 de noviembre de 2014

Corrupción, dinero y poder son inseparables


La corrupción es un mal endémico de la sociedad sometida al imperio del dinero. Pero el ser humano tiene muchas otras facetas, y me pregunto si el hecho de vivir en este imperio, donde el beneficio a corto plazo es lo que manda, hace que salga lo peor de nosotros. Cierto que es una cuestión de decisión o libre albedrío inclinarse por la bondad o la maldad, ambas cosas forman parte de nosotros, pero hasta que punto influye el entorno, es una cuestión que cabría plantearse, principalmente porque no se puede separar el ser del entorno, ya que ambos están estrechamente ligados.

Hay personas predispuestas a ser corruptas y malvadas, y muchas de ellas llegan al poder con la intención clara de sacar provecho de su condición; de estos no quiero ni hablar, pues es evidente cuales son sus pretensiones. Pero también hay personas que entraron en la política para hacer de este mundo algo mejor para todos. Siendo así, es posible que algunos de los más de veinte imputados en el reciente caso de corrupción sucedido en España, así como otros innumerables casos en instituciones políticas y financieras, estuviesen protagonizados por buenas personas corrompidas por el entorno. En tal caso, estaríamos hablando de personas buenas pero débiles o carentes de la personalidad y de la fortaleza suficiente para no sucumbir ante las tentaciones del poder o el dinero; algo para lo que deberían estar preparados. Ellos sabían donde se estaban metiendo. Dentro de un circulo donde contra más dinero, más poder y más corrupción. Pero aunque no lo supiesen, ellos mismos lo dicen “el desconocimiento de la ley no exhibe su cumplimiento.”

La historia de algunos de estos pobres hombres buenos que se dedicaron a la política y que luego se convirtieron en corruptos, es casi siempre la misma. Llegaron jóvenes y llenos de ambiciones y sueños, captados en alguna universidad o en los sindicatos, algunos con ideales y con el propósito legítimo de hacer un mundo mejor. Pronto se dieron cuenta que para alcanzar sus sueños necesitaban estar donde se deciden las cosas, pero que para ello debían primero quitar a los que estaban. Comenzaron a acostumbrase a usar la mentira, el ataque personal y la manipulación para subir peldaños en la escalera. Recibieron clases y aprendieron a encandilar al público, a prometer cosas que sabían que no podían cumplir y mentir con honestidad, como es habitual en la clase política. Así es como fueron perdiendo su alma y olvidaron los motivos por los cuales empezaron su carrera, convirtiéndose en unos enfermos de poder. Con cada peldaño al éxito fueron acostumbrándose al mal y los grandes sueldos. No es difícil imaginar como llegaron a corromperse. Sus débiles convicciones morales y poca personalidad asimilaron que lo que conllevaba hacer las cosas con mala intención aportaba rápidos y suculentos beneficios. Primero fue el apartamento de soltero, después la casita adosada, el chalet, los coches oficiales, la secretaria, las tarjetas de crédito y los pagos por favores; mayores cuanto más alto estaban en el escalafón del poder. Ni siquiera se dieron cuenta de que se estaban convirtiendo en peones que jugaban para otros intereses que no comprendían, actuando como robots de un sistema perfectamente estructurado donde no hay cabida para los ideales o la nobleza y si para la obediencia ciega al líder o a otros intereses completamente alejados de la labor que debían hacer.

De un modo o de otro, y a pesar de repetir una y otra vez que no generalicemos sobre ellos, todos los políticos acaban pudriéndose y vendiendo su alma en este lodazal de intereses económicos. El dinero es el cemento de esta podredumbre y la corrupción el catalizador sin el cual este sistema no funcionaría. Es un juego en el que solo se puede jugar con posibilidades de ganar si las convicciones morales son inamovibles, pero ese tipo de personas suelen terminar aburridas de fracaso, envueltas en algún escándalo ficticio, repudiados por quienes creían sus compañeros o peor aún, asesinados.

Cuando se descubre un caso de corrupción como el que he mencionado antes, nos llena de indignación como si el ciudadano de a pie no estuviese expuesto a vender su alma por mucho menos de lo que vale la de un político. Si fuésemos menos críticos con ellos y más con nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que nuestra alma y nuestras convicciones han sido vendidas y compradas como una vulgar mercancía por muy bajo precio. Hemos sido engañados tantas veces que deberíamos estar escarmentados. En el fondo sabemos que este sistema está funcionando gracias a nuestra colaboración incondicional, porque hemos sucumbido a sus cantos de sirena y a sus mentiras. Nosotros damos soporte y sustento a cambio de las migajas que les sobran; un precio muy bajo por toda una vida de insatisfacción. En este caso no puedo generalizar, pero es una gran mayoría la que apoya con su voto a estos encantadores de serpientes. Sabemos que esto es así y no hacemos nada por cambiarlo. Sabemos que no funciona ni es bueno para nosotros y permanecemos inmóviles ante la injusticia.

Al igual que los políticos, cuando somos jóvenes, al menos antes de que este sistema también corrompiese los sueños de juventud con la educación, soñábamos con vivir una vida haciendo aquello que se nos daba bienestar, de lo cual nos sentíamos orgullosos y nos llenaba plenamente. Pero pasó el tiempo y nos encontramos sirviendo a un sistema que no nos gusta y nos degrada como personas, violando nuestra libertad y derechos naturales, derechos merecidos por haber nacido en este planeta; que es de todos y sobre el que nadie tiene derechos exclusivos. Una gran mayoría de nosotros, y no los políticos corruptos, permitimos con nuestro consentimiento y aceptación que nos pongan normas cada vez más restrictivas, que nos espíen y controlen como a ganado.

Cierto que fue una responsabilidad de los políticos actuar para que todo esto no pasase, pero también de aquellos que los votaron. Si, nos engañaron, pero una y otra vez. No entiendo como queda una sola persona que cree en este sistema. Nosotros somos los que acatamos leyes injustas y pagamos impuestos abusivos que luego se reparten y malversan, nosotros somos los que les damos nuestro voto confundidos por sus caras campañas de publicidad pagadas con nuestros impuestos. Ellos son egoístas y avariciosos, pero los que los votamos los idiotas que les obedecemos y le reímos las gracias. Pero que bien estamos frente a su televisión, viendo su entretenimiento, escuchando sus mentiras o aterrorizándonos con temores infundados.

Despierta, nadie te va a rescatar como a los bancos. Tú eres quien tiene el poder de decisión, el que debe participar en política y tomar decisiones. Los que manejan todo esto no quieren tu bienestar, quieren tu ruina y que sigas impasible ante sus guerras y sus mentiras. Nos dividen para controlarnos.

Ya no se puede parar esto con sus reglas tramposas, con su falsa democracia amañada, hay que dejar de lado todo esto, ignorar que existen y comenzar un nuevo proceso constituyente desde cero, donde sea prioritario el bien común, aboliendo el dinero y todo este sistema financiero, que solo ha producido esclavitud y desigualdad social.