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jueves, 6 de noviembre de 2014

La mierda que comemos


Cuando la tecnología permite que se industrialice la alimentación en un sistema capitalista y basado en el beneficio rápido, como es el que rige este mundo, es normal que se produzcan abusos y fraudes encaminados a obtener el máximo rendimiento económico de un producto. El problema que no estamos hablando de un producto cualquiera, sino de la materia con la que nos alimentamos y se construye nuestros cuerpos. Somos lo que comemos, y aunque nuestro cuerpo tiene mecanismos para eliminar aquello que nos perjudica o nos sobra, si sobrepasamos los límites de tolerancia de nuestros filtros, acabamos enfermando. Hoy vemos como mientras aumenta la abundancia de alimentos, estos son cada vez más insalubres, vamos a ver el porqué.

Para aquellos que quieren obtener beneficio rápido, enfermarnos lentamente es tan solo un problema menor y de tiempo. Mientras la enfermedad no sea inmediata todo les irá bien. La industria alimentaria a gran escala no busca la salud de los que compran sus productos, sino el rendimiento económico; es una causa lógica e inevitable de este sistema capitalista. De la misma forma es lógico, porque es permitido y fomentado por el sistema, que a medio plazo las empresas alimentarias no globalizadas, demasiado pequeñas o tradicionales para competir, acaben en grandes monopolios corporativos donde se junten con otras empresas de producción, transformación y distribución de alimentos. Así es como se van formando estas corporaciones, cada vez mayores y con mayor dominio del mercado alimentario. Este proceso de monopolización de la industria alimentaria, ya se puede decir, esta casi en su fase final.

Aunque puedan parecer empresas diferentes mediante imágenes comerciales distintas, los oligopolios abarcan mucho más de lo que parece. Están unidos en el capital y en los fondos de inversión; es una consecuencia de la globalización y lo que llaman libre comercio internacional. Las empresas tradicionales de alimentación no pueden competir con ellos, y su número se reduce al mismo tiempo que la variedad de alimentos que podemos encontrar. La consecuencia final de esto es predecible, las corporaciones alimentarias acaban dominando los mercados y al final imponen su ley, sus precios y sus productos. No sucede así porque sus productos sean los mejores, sino porque son los únicos que los producen.

Llegado cierto momento, cuando el tamaño y la complejidad financiera lo permite, escapan a los controles de los gobiernos, ya no les importa producir enfermedades ni ser señaladas. Saben perfectamente que alguna de sus divisiones pueden ser multadas, incluso perder alguna de sus empresas por fraude o escándalo alimentario. Con su tamaño y poder económico, es como quien pierde un peón en una partida de ajedrez que sabe que tiene ganada. Llegado este punto, utilizan su poder para convertirse en grupos de presión que influyen en las decisiones de políticos. En realidad, lo que tan sutilmente llaman grupos de presión, yo lo llamaría sobornos. Pero si esto les falla utilizan lo que tan popularmente en estos tiempos se ha dado en conocer como las puertas giratorias. Directivos o gente pagada por estos oligopolios ocupan cargos de responsabilidad para favorecer los intereses de estas multinacionales. A estas personas, con serios indicios de tener conflicto de intereses, nunca se les debiera permitir ocupar cargos políticos o puestos de responsabilidad, pero muchas veces se hace complicado demostrar su vinculación con estas macro empresas, precisamente por su complejidad y los entramados financieros.

Esto no es un efecto de la industrialización o masificación de la producción. Lo que sucede actualmente con los alimentos y otros sectores como la energía, es una consecuencia del propio sistema capitalista, que no solo no es el mejor ni perfecto, sino que es de naturaleza absolutamente perversa. No podemos olvidar que cualquier sistema de organización humana debe estar destinado a la mejora de nuestra calidad de vida y no al del beneficio económico. El beneficio económico no está ligado al bienestar, solo afecta positivamente al que lo obtiene, y dado que no es igualitario sino, que por el contrario, tiende al aumento de la desigualdad, son solo unos pocos quien se llevan todo el beneficio. Es por ello, que cualquier sistema de organización humana, no solo debe servir, como he dicho antes, para el bienestar humano, sino debe de servir para que los recursos y riquezas sean distribuidas de forma igualitaria entre todos los que lo aceptan. El sistema actual no ha sido aceptado, sino impuesto, promueve la desigualdad y seca lo peor del ser humano. Nadie, que yo sepa, lo ha votado ni ha elegido a los que gobiernan, y no me refiero a esos títeres que llamamos políticos, sino a sus amos, que son quienes manejan a su antojo los recursos, entre ellos los alimentos. Con esta tendencia, claramente tendente al monopolio, llegará un día en que solo exista una única empresa que controle los alimentos del mundo. Imaginen que bueno sería eso, no para ustedes claro, sino para la empresa que consiguiese desbancar a todas las demás. Esto es lo que llaman el Nuevo Orden Mundial.

Este post es consecuencia de otro post que ley en un blog que lucha por despertar a la la gente y contar, Te atreves a Despertar. Enlazo un vídeo demoledor expuesto en esta web sobre la manipulación alimentaria en el sector del pescado y las consecuencias de la monopolización de la industria alimentaria, pero tan solo es la punta del iceberg. El visionado de este magnifico reportaje de origen francés y emitido por la 2 de RTVE  por personas sensibles, podría quitar la intención de comer alimentos preparados industrialmente para siempre. Pero no se equivoquen, el problema no está en la industrialización ni en la tecnología, sino en el uso que se hace de ella para obtener beneficio económico. Un beneficio que del que los trabajadores o los productores de las materias primas solo obtienen las migajas, mientras dueños estas compañías nadan en dinero rodeados de la gente que enferman con su ambición.