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jueves, 12 de julio de 2007

Esclavos ocultos en la sociedad actual

La distribución actual de la riqueza y recursos del planeta  es muy poco equitativa, tan solo un 1% de la población tiene en sus manos la práctica totalidad de de estos recursos. Si esa riqueza estuviera bien  distribuida, todas y cada una de las personas que habitan en este planeta tendrían mucho más que lo más básico. Si eliminamos al producción de  tantas cosas inútiles y tanta diversidad de cosas, no solo tendríamos de todo, sino que además no tendríamos que trabajar ni ni una cuarta parte de lo que se trabaja. Lejos de mejorar, la desigualdad sigue creciendo, así como la producción de bienes de consumo inútiles. 
Para que el sistema se mantenga tal y como está, es necesario que la economía esté en constante crecimiento. Esto se traduce en un aporte también constante de productos nuevos y de consumidores que trabajen. El problema es que las máquinas están supliendo a los trabajadores y estos ya no pueden consumir, pues no hay trabajo.

 China y otros países emergentes se han sumado a este modelo de economía insostenible. Tal situación provocará que en un corto plazo de tiempo las materias primas empiecen a escasear y que el aumento del consumo energético derivado del petróleo se multiplique por dos. De esta manera nuestra mentalidad consumista está arrastrando al planeta entero a una espiral autodestructiva de consecuencias catastróficas.
Solo un cambio de mentalidad de todas las personas que vivimos en occidente podría hacer posible evitar el más que seguro  posible desastre. No estemos concienciados, por ejemplo, de que el último modelo de todo terreno, el muevo MP4 o lo último en aire acondicionado cuesta mucho más de lo que parece. Ese precio adicional, que no vemos, no lo paga el comprador ni el empresario que lo produce, lo pagaremos todos, y con unos intereses muy altos. A si mismo, la idea de que un producto es mejor porque tenga un embase más bonito y esté más elaborado, que un coche grande y pesado da más prestigio social o que una casa mucho más grande de lo que necesitamos nos dará más confort y posición social son conceptos falsamente inculcados por la sociedad del consumo. Vivimos en la sociedad de la apariencia, del despilfarro y la injusticia.
No somos lo que somos por tener mejores coches y más potentes, mejores casas o lo último en electrónica recreativa. Sin embargo creemos con convicción que debemos poseer todas estas cosas para ser mejores personas o satisfacer nuestro ánimo lúdico y nuestro ego.

El que suscribe esta reflexión, sin duda no es inmune a las miles de horas de publicidad que a tragado. Es más, mi cerebro ha quedado tan trastocado que no veo más allá a la hora de comprar y comprar. No soy consciente tampoco de las miles de horas que he gastado de mi preciada vida trabajando para alcanzar la consecución de mis caprichos.

Sin duda alguna hay una alternativa, una posibilidad de escapar, quizás ya no sirva para mi, pero si para las generaciones venideras. Educar a nuestros hijos para que se liberen de este yugo, tomar una actitud reflexiva y responsable a la hora de evaluar sus necesidades vitales.
En la antigua Grecia se gestaron los mayores avances en matemáticas, filosofía, ética y política. Para los grandes pensadores de la época, hubiese sido imposible realizar estos avances teniendo cargas laborales. Ellos tenían esclavos que realizaban todas las tareas. Nosotros tenemos las máquinas, pero ya no avanzamos al ritmo que lo hacíamos antes, quizás sea porque nos emperramos en ser esclavos en vez de ser filósofos, matemáticos, astrónomos aficionados o hacer lo que nos salga de las narices en nuestro tiempo libre.