En los últimos tiempos han proliferado miles de cuentas falsas en todas las redes sociales con un único objetivo: la estafa.
Hoy las IAs pueden generar imágenes ficticias que resultan prácticamente indistinguibles de las reales. Estas imágenes se crean para construir perfiles que enamoran, despiertan ternura o empatía. Combinadas con chatbots (robots de conversación asistidos por IA), funcionan como telarañas esperando a su presa. Para quedar atrapado en esa red, basta con un “me gusta” o un “te sigo”.
A partir de ahí, la araña —normalmente un hacker malintencionado— lee tu perfil digital y evalúa si eres una buena víctima. Comienza entonces el juego que termina con tu dinero en su cuenta.
Tras el coqueteo llegan los problemas: de salud, familiares, de violencia o conyugales, todo para justificar la petición de dinero. Esa es la versión más fea del asunto.
Obviamente hay otras variantes, en las que estas imágenes sirven solo como reclamo para generar visitas y monetizar engagement. En mi opinión, esto es igual de inmoral.
La película Her ya nos puso sobre aviso del futuro distópico que nos espera: un mundo donde el amor se convierte en un negocio que mueve millones en internet. Paradójicamente, esto es un efecto indirecto de ciertas políticas de género que, al sembrar desconfianza en las relaciones de pareja, deshumanizan el vínculo humano y crean una necesidad que prolifera por ausencia. Así son las cosas, y es lo que el futuro va a traer.
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