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lunes, 2 de mayo de 2011

Bin Laden ha muerto, pero ¿Cuál de ellos?


Parece que por fin el gobierno estadounidense ha dado caza al sujeto más buscado del mundo.
 Después de diez años teniendo en jaque a toda la maquinaría de inteligencia americana, ayer uno de mayo, era asesinado por Omar Sheikh, una agente pakistaní. Millones de dólares gastados, recompensas millonarias para tardar diez años en capturarlo, la CIA ya no es lo que era.
 ¿Pero era realmente fue Bin Laden al que asesinaron, o si lo es y lleva muerto hace años, como afirmó la primera ministra de Pakistán Benzair Bhutto, asesinada en 2007 poco después decirlo? 

No lo sabremos nunca, como muchas cosas que suceden. Quizás lo que muriese ayer no fuese Bin Laden, sino  su mito, un mito para crear el miedo que han utilizado para privarnos de nuestros derechos fundamentales y para instalar millones de cámaras de seguridad que controlan nuestros movimientos.

 ¿Han pasado recientemente por un aeropuerto internacional? ¿No se han sentido humillados, como si fuesen delincuentes? ¿No se sientes observados cuando van por la calle de una ciudad? Pues bien, agradézcanselo a Bill Laden, o mejor dicho a los creadores de este personaje.

Muchos inconscientemente lo han celebrado, incluyendo al premiado preventivamente con el Novel de la Paz Barack Obama. ¡Por Dios santo! Un premio Nobel de la Paz celebrando la muerte de un hombre que ni siquiera ha recibido un juicio justo, como ha cambiado esto de los Nobel. Pero bueno, no es el primero que muere así por la seguridad nacional, es solo uno entre miles, que más da.
 Pues alegraros canallas. Pisotead su cuerpo hasta que sus vísceras salgan de su cuerpo y manchen vuestra ya podrida conciencia, sed como aquellos que tanto odiáis, haced lo mismo que los terroristas. Recordar que el próximo puede ser cualquiera de vosotros, al fin y al cabo cualquiera puede ser acusado de terrorista, capturado, torturado, asesinado, sin juicio y, por tanto,  sin posibilidad de defenderse; todo sea por la seguridad.
La captura y muerte de Bill Laden precisamente ahora no es casual. Hay que ver las cosas con perspectiva. Obama estaba en el nivel de popularidad más bajo de su legislatura. Por otra parte, el miedo que infundía Bill Laden ya no surgía el efecto deseado.  Buena prueba de ello, es que inmediatamente después de difundir la noticia por todos los medios de comunicación, un nuevo comunicado  anunciaba que  se incrementaban las medidas de seguridad en vista a un posible atentado. Por lo visto  nuevas amenazas se ciernen sobre la cabeza de los americanos.
Es  necesario crear miedo para mantener a la gente en tensión, cohibida.  Más miedo para crear inseguridad, que no note la falta de libertad, que sepan que papa estado está ahí para protegerlos.
 Puede ser que hayan acabado ahora con  el mito de Bill Laden porque ya no servía, demasiado tiempo en uso. Es posible que ahora haga  falta algo mejor, quizás un líder que ocupe su lugar y un nuevo atentado de falsa bandera para acreditar su maldad. algo que sirva para restringir más nuestros derecho en bien de nuestra seguridad. Puede que lo que hagan esta vez sea de mayor envergadura, algo más sangriento tal vez,  que justifique una nueva invasión de otro pías, una nueva guerra. Quizás Irán sea el nuevo objetivo, pues de esta gente se puede esperar cualquier cosa.

Sería recomendable que viesen este vídeo de J.L de mundodesconocido.com




Para saber más añado este artículo de un prestigioso periodista; 
Insulta la inteligencia humana que se pretenda hacer creer que el hombre más buscado por la potencia militar tecnológicamente más avanzada del planeta viviera tranquilamente, con su esposa y …
La ridícula farsa que trasciende de la noticia sobre el asesinato de Osama Bin Laden permite dar entero crédito a la versión de que la guerra contra el terror que desató la élite del poder de Estados Unidos contra el mundo ha sido una gran mentira de principio a fin.

© Virgilio PonceManuel E.Yepe
Insulta la inteligencia humana que se pretenda hacer creer que el hombre más buscado por la potencia militar tecnológicamente más avanzada del planeta viviera tranquilamente, con su esposa y algunos hijos menores, en una mansión de Abbottabad, muy cerca de Islamabad, capital de Pakistán, un país que es estrecho aliado de Washington, a 3 kilómetros de una importante academia militar.
Mucho más cuando se informa que fue baleado, desarmado y solo, por un comando especializado estadounidense transportado en helicópteros que asaltó su morada, cuando pretendió resistirse al arresto, y que su cadáver había sido lanzado al mar porque presentaba un aspecto muy desagradable y podría servir para nuevas amenazas a la seguridad de los Estados Unidos.
Cuando, el 2 de mayo de 2011, el presidente Obama informó que Estados Unidos había llevado a cabo “una operación que mató a Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda”, se cerraba el capítulo final de una de las más repugnantes simulaciones de la historia.
No cabría calificar de comedia una tragedia que costó la vida, inicialmente, de unos tres mil civiles estadounidenses y luego las de no menos de un millón de pobladores de países del Medio Oriente – hombres, mujeres, ancianos y niños, en asimétrica venganza contra el pretendido autor intelectual de aquella barbarie.
Aún si se aceptara que el ataque del 11 de septiembre hubiera sido obra de un fanático, es inaudito que la venganza contra un individuo lleve a la ocupación de dos naciones independientes que ni siquiera albergaban o eran patria de aquel malvado terrorista, a un costo de varios billones de dólares y miles de bajas propias. Mucho más sabiendo que la organización Al Qaeda tenía entonces solo 430 miembros y tal vez ninguno en Irak o Afganistán.
Es bochornoso que el abominable acto terrorista que justificara la guerra contra Osama Bin Laden haya demostrado ser una atroz creación, con objetivos de política exterior e interna más macabros aún que otros como la explosión del acorazado Maine en la bahía de La Habana; el ataque a Pearl Harbor y los incidentes del Golfo de Tonkín, que respectivamente sirvieron de justificaciones para las guerras contra España en 1898, Japón en 1941 y Vietnam en 1964, por solo citar las mentiras estadounidenses más famosas.
Mediante el control absoluto de la prensa corporativa, la cúpula estadounidense ejerce una dictadura mediática a la que se debe la ingenuidad con que la opinión pública acepta las versiones oficiales de acontecimientos tales como el magnicidio de John F. Kennedy.
Es por ello previsible que, respecto a esta perversa actuación del imperio contra su propio pueblo y el mundo a lo largo de una década, la opinión pública estadounidense tarde en saber la verdad.
La serie de mentiras que dos sucesivas administraciones de Estados Unidos han utilizado para ganar el apoyo a las guerras y colocar a la ciudadanía de Estados Unidos al borde del fascismo, ofende la dignidad de los buenos estadounidenses que, además de lamentar sus soldados muertos y mutilados, soportan avergonzados la condena de todo el mundo por las masacres de civiles, niños y ancianos, y por los escándalos de torturas de prisioneros en que están comprometidas las fuerzas armadas de su país.
Más aún porque, a partir de los acontecimientos de septiembre 11 de 2001, se multiplicó en aquel país el número de personas que han visto cercenados sus derechos civiles y políticos por motivos de filiación política, color de la piel, procedencia social o su condición de inmigrante.
A 10 años de la tragedia de las torres gemelas del World Trade Center, muchas interrogantes que sugieren que la acción terrorista fue planeada, organizada y ejecutada con complicidad a nivel de la Casa Blanca, permanecen excluidas del contenido informativo de los medios de prensa corporativos que orientan la opinión pública estadounidense y, en buena medida, la mundial.
Siguen pendientes de aclaración “detalles” tan importantes como si los supuestos aviones atacantes no eran en verdad aviones-misiles con explosivos en las alas y en los tanques de gasolina dirigidos por control remoto mediante computadoras y actuando en combinación con sistemas de demolición controlada, dado que es sabido que el colapso de las torres gemelas fue el primer caso en toda la historia de un rascacielos de acero que cae derrumbado de esa forma a causa de un incendio; entre muchas otras interrogantes más.
Ahora se agregan las circunstancias del asesinato de Osama Bin Laden, (de quien incluso se cuestiona si en verdad alguna vez existió), pero para cualquier persona capaz de mantener un criterio propio, el enigma que ha quedado claramente resuelto es que los dramáticos sucesos del 11 de septiembre de 2011 en Nueva York y la guerra contra el terror con su secuela de muertes y sufrimientos son un espectacular montaje por el que alguna vez la Humanidad tendrá que pasar cuentas a sus promotores, ejecutores y cómplices.
*Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.
Manuel E. Yepe*
Kaosenlared.net