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domingo, 4 de septiembre de 2011

La Fregeneda


Hay cientos de pueblos distribuidos por todas las regiones de España condenados al olvido y al abandono. Pueblos con historia y cuna de los que hoy habitan las grandes ciudades. Con la llegada de la industrialización fueron cayendo en desgracia, olvidados por los sucesivos gobiernos, que los han dejado casi a la mano de Dios. Sin apenas servicios y alejados de los grandes núcleos urbanos, han perdido sus colegios, sus habitantes y la atención sanitaria, quedando como vestigios de una vida dura y sencilla pero llena de una felicidad que hoy ya no se conoce. Cultivos abandonados, frutos que ya no se recogen y que bien podrían paliar la ruina de muchos, son invadidos ahora por la naturaleza a la que siempre habían pertenecido. Los jóvenes, sin expectativa de futuro y seducidos por las excedencias de una vida moderna pero esclava, optaron un día por marcharse, dejando atrás una infancia feliz y tradiciones que con el tiempo se perderán. Entonces no llegaba a los pueblos la modernidad de la tecnología, ahora que podría llegar, ya es demasiado tarde .
En la provincia de Salamanca, entre Lumbrales y la frontera de Portugal, a doce y catorce kilómetros respectivamente, la Fregeneda se haya rodeada de tierras de cultivo, millones de almendros y parajes de una singular belleza. Fue un día uno de los pueblos más importantes de la comarca, Rico en tierras de cultivo de almendra, olivas y algarrobos, y uno de los más importantes productores de leche de oveja y lana. Fue famoso por sus dulces, quesos y embutidos. Hoy, con apenas 400 habitantes, una población muy envejecida y unas tierras en estado de abandono, parece un serio candidato a la la desaparición. Ya no se hace el pan de antaño, las perronillas y repelados, son cosas que si no se remedia se perderán, como su folclore y sus fiestas. Como un reflejo de lo que fue, hoy todavía se puede comprar allí uno de los mejores quesos de oveja del mundo y disfrutar de sus gentes, amables de corazón, como antaño, pero hasta cuando.

Una vía férrea recorrió antaño estas tierras. Hoy, poco a poco se pudren sus puentes y se corroen sus raíles. Un recorrido de una belleza inigualable, que bien podría convertirse en ruta turística que diera nueva vida a la comarca, tal y como ha hecho Portugal; donde al contrario de lo que ha ocurrido en España, la linea de tren que va desde la estación de Pinhao a Oporto, recorriendo todo el cauce del Duero, se ha convertido en una ruta turística de obligado recorrido. Esa vía fue antaño la unión entre Portugal y España. Bastarían unas cuantas inversiones y rehabilitar uno de esos trenes de vapor para que todo volviera a funcionar. Sería una solución para que La Fregeneda y otros pueblos de la comarca volvieran a la vida; pero los políticos están en otras cosas. Están para hacer macroinversiones en aeropuertos que no se usan, en aves, que cuestan miles de millones y que se cierran por falta de viajeros.

La falta de servicios sanitarios en estos pueblos causa hoy en día muchas muertes y penurias en en las grandes ciudades no pasan. Cualquier prueba médica de importancia supone un desplazamiento de 100 kilómetros a Salamanca, algo que para las personas mayores resulta muy duro y en ocasiones fatal. La desidia de los políticos y la falta de inversiones son la causa de que La Fregeneda, como muchos pueblos pequeños con encanto desaparezcan, y que con ello se pierdan cosas irrecuperables.     

domingo, 21 de agosto de 2011

Viaje por Valencia

Como muchas grandes ciudades del mundo Valencia esta repleta de lugares dignos de ser visitados. Lugares que reflejan una cultura y formas que definen y le dan personalidad propia, pero también es fiel reflejo de la crisis económica, la decadencia, un producto del despilfarro y unas inversiones de muy dudosa utilidad.
Para comenzar nuestra visita necesitamos un alojamiento, en ese aspecto no hay problema, ya que la ciudad está repleta de hoteles, como cualquier ciudad turística que esté en la costa y tenga buenas playas. Lamentablemente, si tu presupuesto es ajustado y la la visita la quieres realizar en agosto, el precio te va a parecer caro, incluso prohibitivo, sobre todo si lo que quieres es estar cerca de los lugares emblemáticos. Es por esta razón que el lugar elegido por nosotros estaba en la periferia, concretamente en el hotel Vora Fira, que como su nombre indica, está al lado de la feria de muestras de Valencia. Este hotel, además de tener un precio razonable, ofrecía entradas para visitar el complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, todo un símbolo del modernismo y del diseño de los arquitecto Santiago Caratraba y Félix Candela, que junto a los ingenieros Alberoto Domingo y Carlos Lázaro dieron forma a esta prodigio de la construcción. Lamentablemente la distancia que separa este hotel del centro de la ciudad es muy grande, aunque si tienes coche, no es muy complicado desplazarse por las sobredimensionadas vías del extrarradio de Valencia.

Nada más llegar al hotel, y sabedores del poco tiempo que teníamos, dejamos el equipaje y recogimos las entradas para la visita al complejo, esta era nuestra primera cita con la ciudad. Cabe reseñar que el hotel tiene todos los servicios necesarios para que te sientas a gusto. Las habitaciones no son muy grandes ni están dotadas de las comodidades de los hoteles de lujo, pero cumplen su función, además tiene piscina, algo que es muy de agradecer si la visita es en verano. Lamentablemente, los ordenadores del vestíbulo no estaban operativos. Esto el un hotel que está cerca de un feria de muestras, donde se supone que acuden ejecutivos y comerciales resulta imperdonable. Por suerte la red Wi-Fi me permitió hacer algunas consultas, aunque con el móvil resultaba bastante tedioso.

Después de un corto viaje por las carreteras del extrarradio y las grandes avenidas de valencia llagamos al complejo. No fue un viaje complicado, y menos si tienes GPS, pero hay que andarse con cuidado, los conductores locales, habituados a una conducción rápida por estas vías te pueden dar más de un susto. Nuestra primera visita sería al Museo de las Artes y las Ciencias.

Ya desde lejos, la visión del complejo en su conjunto es impresionante. Una arquitectura de formas imposibles donde la creatividad de Caratraba destaca por encima de todo. No es nada complicado encontrar el aparcamiento del complejo, eso si, hay que tener en cuenta que el precio del mismo es caro, 2€ por hora, algo que encarece sobremanera el tiempo que uno pueda pasar visitando el complejo. Después de dejar nuestro coche accedimos al recinto en sí, encontrándonos de lleno con las plazas que rodean los edificios principales. 

Interior del museo de las artes y las ciencias
Como se puede apreciar, su diseño minimalista no da cabida a los imprescindibles árboles necesarios para dar sombra en verano. Aunque todas las plazas están llenas de agua, más que proporcionar frescor al lugar, amplifican la luz y dan más sensación de calor sofocante. Resulta un poco extraño no ver fuentes, que en ausencia de vegetación, harían algo más soportable los rigores del verano, pero el diseñador lo quiso así, que le vamos ha hacer. Como nuestro tiempo era escaso, nos dirigimos directamente al Museo de las Aretes y las Ciencias, que se encuentra alojado en el edificio con forma de esqueleto de dinosaurio. Nada más entrar se aprecia claramente el gran desaprovechamiento del enorme espacio interior. Exposiciones pobres y en ocasiones poco relacionadas con la ciencia y más con las casas comerciales que patrocinan el museo. No encontramos allí nada espectacular que no hubiésemos visto en el museo de la ciencia de Barcelona, por ejemplo; por otra parte, mucho más atractivo y completo.
 Realmente es una visita que podríamos avernos saltado. Salvo tres o cuatro salvedades nada reunía las condiciones para llamar la atención del visitante ávido de conocer los secretos de la ciencia. Quien esperase encontrar allí grandes instalaciones, como funciona un reactor nuclear o los últimos avances en mecánica cuántica, se llevará una gran decepción. Tampoco la botánica, la bilogía o la ingeniería. Tan solo cabe destacar alguna que otra instalación sobre la salud, el funcionamiento de la mente y, para los aficionados al cómic, figuras de cartón piedra de los míticos orees de Malver. Estuvimos todos de acuerdo en que como museo de la ciencia era pobre y algo frustrante. La lástima es que la única instalación que podía llamar mi curiosidad, el teatro de la electricidad, tenía horarios de visitas y siempre estaba repleto.
Después de nuestra visita la Museo salimos del complejo para comer, algo que decidimos para poder visitar algo de la gastronomía típica de Valencia. Ya con los pies molidos y bajo el sofocante calor, decidimos no caminar más y dirigirnos al centro comercial El Saler que está al lado del complejo y que, según nos dijeron, tenía una planta entera dedicada a la restauración. En fin, nada que reseñar, Comimos en el restaurante Venecia, una comida ajustada al precio que pagamos, pero nada especial.
Delfinario
Después de recuperar energías nos dirigimos a visitar L'Oceanografic, uno de los acuarios más grandes del mundo, y la verdad, aquí si que empezamos a ver cosas interesantes. Los pasillos rodeados de agua y animales marinos son impresionantes, es como sumergirte en las profundidades del océano. Sorprende ver animales, que solo has visto en reportajes tan cerca y nadando como si lo estuvieran haciendo en su habitad natural, el tamaño de los tiburones y la pareja de belugas. Una visita que merece la pena sin duda alguna. Para rematar esta visita, la exhibición en el delfinario, donde estos animales nos deleitarán con el espectáculo más completo que he visto, amenizado por una chica con grandes dotes para divertir al espectador. Además, el espectáculo incluye saltos de expertos nadadores, que completarán el entretenimiento y disfrute de la visita. Sin duda un cita ineludible.
Cansados pero satisfechos de no haber desperdiciado nuestro tiempo, no dirigimos al hotel para cenar y descansar, no sin antes pagar los casi 20€ del aparcamiento; un robo. Aunque el hotel ofrece un menú aceptable y ajustado de precio, decidimos salir fuera para conocer un poco el lugar. Al final, después de una corta búsqueda y sin ganas de caminar, nos encontramos con un restaurante chino que reunía las condiciones de unos turistas pobres. Después de cenar nos decidimos a dar un corto paseo por el lugar. Enseguida nos dimos cuenta de los efectos de la crisis. La zona estaba repleta de carteles que se vende, incluso se vendía todo un edificio. Un hotel de más de diez pisos de altura que había sido un hotel y que estaba delante mismo de la feria de Valencia. Una enorme instalación que encontramos redundante, teniendo en cuenta que el complejo de las artes y las ciencias se ha dotado de instalaciones para estos eventos. Demasiado espacio ferial para tan poco cartel, ya que si miramos su programa de actividades veremos enseguida que no se ocupa ni un 5% de su capacidad a lo largo de lo que queda de año. Por ello no es de estañar el enorme déficit de la Comunidad Valenciana, ya que el mantenimiento de estos edificios no operativos debe suponer una carga descomunal. Un ejemplo más del despilfarro y de una mala previsión. Inversiones arriesgadas hechas con el dinero público y que no han tenido, ni mucho menos, los beneficios que se esperaban de ellas.

El paraíso del grafitero
Comenzamos nuestra andadura por las callejuelas del barrio, y en lo primero que nos fijamos fue el estado lamentable de suciedad y cuidado. No puede ser, pensamos, que el centro histórico de una ciudad estuviese plagada de grafitis, inclusive en los monumentos y fachadas de los edificios históricos. Daba la impresión de que la dejadez y el vandalismo había corrido a sus anchas por aquel barrio sin ningún impedimento. Incluso en algunas zonas, la peste a orines era algo que hacía muy desagradable el camino, por no hablar del olor a cloaca que se podía percibir en muchos lugares. Aunque no lo pudimos comprobar, nos dijeron que esa era uno zona de ocio nocturno, algo que parecía evidente por la suciedad acumulada. Creo que los habitantes de este barrio tendrían que sentirse algo avergonzados de que los miles de turistas que van a ver los lugares se encuentren con este panorama. Resulta incomprensible también que los políticos, que pasan por ahí habitualmente por allí, ya allí se encuentran las sedes de la comunidad autónoma y el ayuntamiento, no hagan nada. Tanto despilfarro en estructuras e inversiones faraónicas, y luego no cuidan de su centro histórico. Precisamente muy cerca de las sedes de la Comunidad Valenciana y el ayuntamiento está la lonja de la seda, patrimonio de la humanidad. Una obra maestra de estilo gótico de un singular belleza, donde sorprenden sus techos, esmeradamente decorados y las columnas que lo sostienen. Sin duda algo que uno no debe perderse.
Grafitis en la escalera de ascenso a al campanario del Miguelete
Después nos dirigimos a la catedral  Nuestra Señora de Valencia. Allí podremos  subir a la torre de San Miguel, el Mikalet.  2€ es un   precio que merece la pena pagar por subir a la torre, ya que desde allí se puede hacer una vista panorámica de toda la ciudad. Eso si, abstenerse personas que tengan dificultades para subir escaleras. Son 207 escalones de altura elevada y un pasillo por donde apenas caben dos personas. Si el ascenso lo haces con 35º de temperatura, esto va a resultar un poco durillo, pero insisto, merece la pena. Cabe destacar, que durante el ascenso no faltaron grafitis y inscripciones de pésimo gusto. Parce mentira que haya personas tan incívicas y desconsideradas que dañen a sabiendas un patrimonio de semejante valor histórico, pero que le vamos ha hacer, tiene que haber de todo. Resulta sorprendente que esto se haga a pesar de existir numerosas cámaras de seguridad en el la escalera de caracol. Será que nadie las mira.
Para terminar nuestra nuestra visita por el centro histórico, nos decidimos a buscar un lugar tranquilo y típico para comer. Lo encontramos en la plaza Redonda, en un bar restaurante llamado La Rotonda. Ciertamente no salió barato, 30€ por persona, pero hay que tener en cuenta que comimos dos raciones de unos calamares a la romana que estaban de muerte, por no balar de la paella. Un servicio algo lento, pero buena relación calidad precio; se lo recomendaría a cualquiera.
El día siguiente, volvimos para hacer nuestra última visita. Queríamos ver el Imax, uno de los más avanzados que se han construido, y que además es planetario. La proyección que vimos fue viaje por el Nilo, ciertamente espectacular y sorprendente.

A pesar de algunas cosas que no nos gustaron, mi conclusión final es que el viaje mereció la pena. No obstante, si alguien quiere realizarlo, le recomiendo encarecidamente que se informe previamente de los horarios y tipo de espectáculos que se dan en la ciudad de las Artes, ya que eso evitará decepciones y largas esperas, que bajo el Sol del verano, pueden ser realmente pesadas.