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lunes, 21 de mayo de 2007

Situación actual del mapa geopolítico mundial


La Tierra sustenta actualmente a más de seis mil millones de seres humanos y se prevé que para el dos mil veinticinco seamos ocho mil millones. Esta población es por si misma una agresión contra nuestro planeta y contra todos los seres, que aparte de nosotros, vivimos en él. Sin embargo, no es tanto el número, sino la forma en la que vivimos lo que está produciendo más daño.
Todas las especies que viven en el planeta contribuyen con su existencia a preservar un frágil equilibrio natural que sostiene la vida; incluso la bacteria más insignificante puede ser crucial para que este equilibrio se mantenga. El ser humano, por el contrario, es la única especie, que además de autodenominarse inteligente, destruye de forma consciente este equilibrio natural, poniendo en peligro su existencia y la de las demás las especies que habitan la Tierra.
Los gobernantes de nuestra sociedad, supuestamente los individuos más inteligentes y cualificados, son conscientes de esta realidad, y lejos de hacer algo por cambiarla siguen mirando hacia otro lado y pensando solo a corto plazo. De lo que se deduce que el ser humano está fracasando en su evolución, no tanto como especie, sino como sociedad.
En el transcurso de nuestra historia reciente grandes pensadores han planteado sistemas políticos para regir los designios de la sociedad humana. Su objetivo era crear con ello una saciedad sin desigualdades sociales, progresista, libre y solidaría. Por desgracia, y por muy buenas que fuesen sus   intenciones, no tuvieron en cuenta la naturaleza humana. Porque el ser humano, por muy inteligente que se considere a si mismo, sigue siendo un animal irracional en muchos aspectos, y donde esta irracionalidad se manifiesta de una manera más clara es cuando se examina su comportamiento social.
Un ejemplo de la irracionalidad de la sociedad humana se refleja en la organización política del mundo. Porque hoy en día hay ciento noventa y ocho países o estados, cada uno delimitado por fronteras dibujadas en el mapa del mundo. Estos países se distinguen por tener cultura propia, idioma y normas. Cada uno de estos países mira por el interés propio, sin tener en cuenta los recursos naturales globales. Es evidente pues, que el ser humano no se identifica a si mismo con la su especie, sino con la tribu o el clan. Una tribu que lucha y protege su territorio de caza y a los miembros de su tribu, desestimando o dejando de lado el resto del mundo salvo que convenga al interés de la tribu. Esta organización política parece a todas luces contraria al conocimiento que ha alcanzado el ser humano de su entorno vital y científico. Porque pese a conocer las limitaciones de nuestro habitad y saber que científicamente no existen diferencias raciales o genéticas entre nosotros, seguimos viendo a nuestros semejantes de un país diferente al nuestro como una especie a parte.
El fenómeno del nacionalismo, por tanto, es una clara evidencia de nuestro primitivo desarrollo como sociedad. Y Lejos de abolirse o crear cauces para ello, es un fenómeno que sigue creciendo. Con ello se siguen creando diferencias entre culturas para justificar nuevas naciones, y no siempre de forma pacífica, contribuyendo a la posibilidad de conflictos bélicos y tragedias humanitarias.
Esta organización política es incompatible a medio y largo plazo con la paz mundial y la permanencia del hombre sobre la tierra. Lo es también con la consecución de grandes objetivos comunes y con la toma de decisiones que hagan posible que nuestra especie no acabe colapsando el planeta.
Todos los esfuerzos por crear instituciones y acuerdos comunes como El protocolo de Kyoto, las naciones unidas, la Unión Europea, etc... No avanzan porque siempre chocan con el precepto de la singularidad tribal y los intereses de cada entidad política, es decir nación. Estas naciones, dentro de sus fronteras pueden, bajo el manto de la soberanía, violar los derechos humanos, contaminar o agotar los recursos naturales, que considera suyos y no propios de toda la humanidad.
Cabe esperar que todavía, y a pesar del daño hecho, exista la posibilidad de replantearnos la dirección de nuestra evolución como sociedad. Tomando como referencia política el ser humano y no la tribu o la cultura o las singularidades raciales. Porque de otra manera nuestro futuro o el futuro de nuestra siguiente generación esta avocada al desastre.
Se podría deducir de estas palabras que soy un globalista o un defensor del NEW ORDER, es todo lo contrario. Lo que pretende este movimiento vinculado con las más altas esferas de poder, no es la defensa de la humanidad, de la que yo soy firme defensor, sino su control y esclavitud, y eso es algo con lo que jamás podría estar de acuerdo, ni yo, ni nadie que no tuviese una ambición sin límite o fuese un psicópata.