El nacionalismo y la religión no son otra cosa que un compendio de creencias que parten de elucubraciones mentales, leyendas e idearios de individuos con ambiciones de notoriedad social y poder. Son, por tanto, una mezcla de sentimientos e ilusiones que carecen de todo fundamento y que no soportan ni el más simple razonamiento científico. Su nexo común es la creencia de que estas ideas son mejores que otras, sin más argumento que ese. Siempre detrás, oculta bajo varias capas de mentiras, se esconden el odio y la xenofobia. El fin último de las organizaciones surgidas de estas abstracciones mentales es hacerse con el poder e imponer su credo, siendo su aporte argumentativo nulo, incoherente o basado en simples falacias. Así, se deduce que su existencia no aporta ningún beneficio a la sociedad; por el contrario, genera conflictos que acaban en enfrentamientos y división, llegando a ser la causa principal de guerras o genocidios. Además, crean en la sociedad un atontamiento que la predispone a la obediencia sin cuestionarse el origen de estas ideas ni los motivos que se esconden tras su simbología, sus buenas palabras y sus mentiras.
A lo largo de la historia reciente se ha constatado, con todo tipo de sucesos terribles, que estas asquerosas ideologías no resuelven problemas, sino que los crean enfrentando a la sociedad. La causa podríamos buscarla en el apego a las ideas que generan, algo inherente a su origen mesiánico. El fanatismo hace a las personas necias e incapaces de contemplar otras realidades o de respetar las ideas ajenas. Además, como en cualquier religión, las ideologías practican métodos de adoctrinamiento colectivo para conseguir el lavado de cerebro necesario para que estas ideas calen como una verdad insondable: la ideología como nuevo dios.
Una nueva estrategia desarrollada por los que veneran a este "dios" es apropiarse de movimientos sociales para convertirlos en su exclusiva propiedad. Movimientos como el feminismo, el ecologismo o el colectivo LGTBI han sucumbido a los encantos de la ideología y se han radicalizado, perdiendo la razón por la que fueron constituidos para convertirse en instrumentos políticos. En los casos en que ocurre esto, ya no se puede defender el planeta si no perteneces a esa ideología concreta; tampoco puedes ser feminista ni homosexual si no te arrodillas ante el "dios verdadero".
Cuando una organización política muy condicionada por la ideología, como sería la marxista, asciende al poder, su principal objetivo será enquistarse en todos los órganos de poder, incluyendo los que deberían ser independientes: el poder judicial, los medios de comunicación y, sobre todo, la educación. Tenemos muchos ejemplos de esto en España, donde socialistas, podemos y nacionalistas lo han practicado allí donde han gobernado. Lo hacen porque son los foros perfectos para difundir su propaganda; saben que la mejor manera de postergar su mandato es expandiendo su mensaje y convenciendo a la sociedad de que sus ideas son las mejores. Muchos tienen en común, también, el exhibicionismo de una supuesta superioridad moral que no es más que el reflejo de sus miedos y apegos. Su forma de actuar se asemeja a la de un virus cuyo fin es infectar y reproducirse, aportando solo sufrimiento a su víctima: la sociedad. Dichas ideologías, y especialmente el nacionalismo, no son dignas de respeto ni pueden contemplarse como soluciones, simplemente por el reguero de muertos que han dejado a su paso.
Hay fronteras muy bien definidas entre la religión y la espiritualidad, entre la partitocracia y la política, y entre el nacionalismo y el amor a la tierra y las tradiciones. Cruzar estas tres fronteras marca la diferencia entre el fanatismo y el sentido común; o lo que es lo mismo, entre querer descubrir la verdad o creerse en posesión de ella. La idea inicial de las asociaciones humanas, incluyendo los partidos políticos, debería ser la obtención del bien común. Cualquier organización que pretenda otra cosa habrá nacido, seguramente, de una ideología, lo que significa que está en el camino del fanatismo.
Una asociación vecinal, por ejemplo, no contempla ideología alguna. Es un acuerdo entre vecinos para ser fuertes ante los problemas de la comunidad, buscando el bien común. No intenta imponer ideas políticas, pues su objetivo no es la hegemonía, sino gestionar la comunidad. Estas asociaciones suelen estar regidas por un presidente elegido, en ocasiones, por turnos o por sorteo. Cualquiera de estos dos métodos resulta muy efectivo siempre que las funciones estén bien definidas y existan mecanismos de control. Las decisiones pueden ser votadas por todos, lo cual convierte este sistema en una democracia mucho mejor que aquella donde el gobierno se elige por sufragio.
La elección por sorteo fue el método utilizado en la Grecia antigua durante su mayor esplendor. Y no es casualidad: es uno de los mejores remedios contra el peor enemigo de la democracia: la corrupción. Fueron necesarios casi mil años de civilización griega para concluir que la mejor forma de gobierno era el sorteo. Me pregunto cuántos años tendrán que pasar para que salgamos definitivamente de esta "Edad Media" y volvamos a las enseñanzas de sus sabios.
El mantenimiento del sufragio universal para los cargos políticos no obedece más que a intereses espurios; aporta ventajas a los que gobiernan, pero ninguna a los gobernados. Las elecciones están condicionadas por campañas electorales que son producto de ideologías, promesas y ataques. Dichas campañas dependen del dinero, por lo que son pagadas por gente con intereses que no representan a la ciudadanía. En definitiva, no es que este sistema sea propenso a la corrupción, es que la corrupción es el sistema mismo. Así se explica que populistas, racistas, estalinistas o fascistas asciendan al poder y nos veamos sometidos a sus leyes o a merced de los poderes fácticos.
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