Algunos piensan que no llevar dinero físico en el bolsillo es cómodo y moderno. No saben que esto, lejos de ser una ventaja, supondrá el triunfo de un modelo de sociedad largamente ansiado por la élite oscura que crea dinero de la nada. Los que piensan así olvidan que hoy, gracias a la circulación del dinero en metálico, personas excluidas y sin oportunidades de un trabajo digno pueden subsistir. Hablamos de personas que la sociedad ha segregado por el simple hecho de no ser útiles al sistema; gente que no tuvo las mismas oportunidades por vivir en una sociedad que solo acepta a los que cumplen con ciertos estándares.
Este dinero que los Estados no controlan es la fuente de ingresos de la mayoría de los excluidos, y la desaparición del dinero físico será su fin, porque quedarían completamente fuera. Además de esto, nadie cuenta con que todo el mundo, sin excepción, dependerá de una cuenta bancaria. Lo que antes era una opción pasará a ser una obligación.
No es de extrañar, pues, que llamen a los que piensan diferente o se oponen a esto «machistas», «fascistas», «patriarcado», «extrema derecha» o «pseudociencia». Los medios de comunicación utilizan estos términos contra los disidentes para descalificar a aquellos que no comulgan con el nuevo credo del pensamiento único, que integra el final del dinero físico como algo inevitable. Estos mismos medios, al servicio del Nuevo Orden Mundial, insultan diariamente a los que no piensan como esa masa idiotizada de estúpidos, seguidores de lo políticamente correcto y adoradores de la mediocridad y la supuesta progresía. Actúan como los constructores de un nuevo orden en el que solo puede imperar una forma de pensamiento: la impuesta por las élites. Al mismo tiempo, aplastan la disidencia mediante una supuesta supremacía moral otorgada a ciertos políticos y organizaciones convenientemente untadas con fondos públicos.
No olvidemos que el sistema monetario actual es una gran estafa legal controlada por el poder financiero. La creación del dinero es algo más que un negocio; es la forma en que todo el esfuerzo de nuestro trabajo fluye, en forma de poder y riqueza, a unas pocas manos. Si el dinero físico desapareciese, los pocos resquicios de libertad que teníamos quedarían completamente destruidos.
Estamos viviendo, quizás, el ocaso de una civilización donde la razón muere en cada esquina; la inteligencia y el sentido común se sustituyen por la mediocridad y la estupidez, convirtiéndonos poco a poco en maquinaria desechable. Atacar los valores que han sido pilares fundamentales de la fuerza de la sociedad es un objetivo prioritario para esta élite oscura. Valores como la familia, la moralidad cristiana, la filosofía budista u otras que se centran en la espiritualidad humana, las terapias alternativas, las ciencias ancestrales y la sabiduría popular son sometidas a ataques de todo tipo para abocarlas a la desaparición, poniendo en duda su autenticidad y valía.
Lo hacen así porque saben que son fuentes de resistencia y armas para luchar frente a la opresión asfixiante de este pensamiento único. Quieren destruir los últimos reductos de libre pensamiento frente a este nuevo orden. Es parte de una estrategia premeditada y diseñada con el fin último del sometimiento del ser humano a la esclavitud. La desaparición del dinero físico será la fase final de este plan urdido en secreto por esa élite que se oculta a nuestros ojos. Ese será el punto de inflexión donde la libertad individual acabará por desaparecer. Una vez hecho esto, cualquier persona que tan solo muestre un mínimo resquicio de insurrección será destruida pulsando un botón. Podrán, con este simple gesto, hacerla desaparecer sin dejar huella, pues no podrá comprar ni vender. La primera fase ya está concluida: la libertad es proporcional al dinero que tienes; por tanto, sin dinero no tienes libertad. Si, además, ese dinero está bajo el control de los que quieren el dominio total, ¿qué resquicio de libertad va a quedar?
Mientras se va extendiendo la enfermedad, la sociedad se entretiene perdiendo el tiempo en luchas políticas estériles, en enfrentamientos de género y en demás entretenimientos puestos para dispersar la mente con problemas artificiales; todo para que los árboles no dejen ver el bosque. Así, la rana se va cociendo lentamente y no salta de la olla. Pero no todo está perdido: a cada movimiento surge una fuerza de oposición que lo contrarresta. Esto es casi una ley en la sociedad. Lo estamos viendo con los movimientos que surgen frente a los que quieren imponer su voluntad. Estos se hacen más fuertes a medida que se incrementa la agresión. Esto puede darnos esperanzas de que no todo está perdido y de que la gente, al final, nos rebelaremos.
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