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miércoles, 26 de noviembre de 2014

La autoridad moral y la autoridad jurídica


La palabra autoridad puede hacer alusión a dos formar de la misma, la que se refiere a la autoridad jurídica o a la moral. La primera es una facultad que se le otorga a alguien como representante de la ley e implica obediencia, la segunda no se otorga, se obtiene mediante el mérito tras la demostración de la valía o la experiencia y afecta a ámbitos concretos de la vida. Se dice entonces que es una persona con autoridad, ya sea en una materia o en la labor que desempeña, como sería la de una madre, un profesor o un científico reputado, por poner algunos ejemplos.

Cuando se trata de autoridad jurídica, la persona que la ostenta o dice tenerla, no necesariamente merece tal potestad, es más, en la mayoría de los casos carece de ningún mérito para poseerla.

 A mí entender, la diferencia es tan grande que no se debería usar la misma palabra para definir dos conceptos tan dispares, sobre todo si tenemos en cuenta  lo que se refiere al reconocimiento. Porque mientras la autoridad jurídica es algo impositivo, la autoridad moral es aceptada y reconocida voluntariamente. En definitiva, uno es libre para reconocer la autoridad en una persona, bien sea por edad o por conocimientos.

Lo lógico sería que  solo tendríamos  doblegarnos ante esa autoridad moral, pues es la única que merece nuestro respeto.

Si analizamos los orígenes de la autoridad jurídica, nos daremos cuenta de que carece de fundamento para ser respetada. Yendo más lejos aún, diría que no está legitimada y es antinatural.

Partamos de que la autoridad jurídica emana de las leyes y que estas a su vez, emanan de representantes del pueblo, votados por personas, que en su inmensa mayoría no son precisamente versados en política o aptos para reconocer los engaños que la clase política es capaz de acometer; son más  bien, pese a que suene mal, bastante ingenuos.

No creo que a estas alturas alguien desconozca como a través de la ingeniería social o campañas de propaganda se legitima la autoridad jurídica. En el sistema político actual, los que aspiran a representantes del pueblo, por lo general, no han demostrado su valía. Lo que si han demostrado algunos es una carencia de ética a la hora de acceder al poder. Puñaladas traperas y juego sucio son muy habituales entre los aspirantes; no nos engañemos, es así. Una vez han alcanzado el poder y se han convertido en representantes del pueblo, comienza su labor legislativa. En teoría, y solo en teoría, porque en la práctica ya sabemos que tampoco es así, hacen leyes para el pueblo, supuestamente para su bien. Estas leyes son, por supuesto, de obligado cumplimiento. A partir de ahí, un sin fin de mecanismos represivos y recaudatorios, que yo llamaría "violencia del estado" se ocuparán de que esas leyes se cumplan. Los que se encargan de dicho cumplimiento se les otorgará el título de representantes de la autoridad. Así, es como de la nada, al igual que el dinero, surge la autoridad jurídica, que debe ser obedecida y respetada, sin merecimiento alguno, pues no ha demostrado su valía en ningún momento del proceso. Pese a ello, aceptamos esta autoridad como legítima y la obedecemos.

Si tuviera que dar una respuesta a esto, podría hacerlo desde la misma naturaleza del ser humano, pues, de alguna manera, parece que estamos programados para responder instintivamente ante la autoridad con obediencia. Creo que posiblemente se deba de un mal funcionamiento de nuestro instinto de supervivencia. En los animales, que muchas veces demuestran más inteligencia que los hombres, este mecanismo se desactiva con la edad y la experiencia. Al parecer en los seres humanos, la necesidad de aprender siempre cosas nuevas hace que este mecanismo de respeto a la autoridad no se atrocie. Lo que en principio debiera ser bueno  para crecer como personas tomando ejemplo y aprendiendo de los que ostentan la autoridad moral, se convierte en una trampa cuando obedecemos a la autoridad jurídica.
Parece que damos muchas cosas por sentado, y confundimos muy fácilmente  la verdadera autoridad de la falsa. Así lo demostró el experimento Mirgran, un referente que demuestra hasta que punto esto es cierto. Vasta con llevar una bata blanca o ser un presentador de televisión, o simplemente una persona con un traje caro, para que nuestra necesidad de autoridad nuble nuestro juicio y nos haga caer en las garras de la obediencia a mentira. Así es como nos dominan, utilizando lo que la naturaleza nos dio, no se sabe muy bien si para ser más inteligentes o más estúpidos.

Solo quien nos demuestra con hechos su valía y mantiene sus principios es digno de tener autoridad para mandar, dirigir o enseñar a los demás, siempre y cuando se el individuo reconozca y acepte esa autoridad.