Cuando manifestamos una idea
políticamente divergente y alguien no solo discrepa, sino que se
muestra agresivo e incapaz de comprender o tolerar esa divergencia,
puede que estemos ante una persona con rasgos de pensamiento sectario
o fuertemente ideologizado. Aunque no es necesariamente un
diagnóstico claro, ya invita a la cautela.
Tras ciertos indicios, podría sospecharse que estamos ante
alguien que otorga al consenso un valor casi incuestionable, como si
la mayoría no pudiera equivocarse. Sin embargo, la lógica y la
historia muestran que las mayorías no solo pueden equivocarse, sino
sostener ideas erróneas durante cientos de años. Deducimos, pues,
algo que casi no es necesario decir: el hecho de que una opinión sea
minoritaria no implica necesariamente que sea falsa o equivocada.
El mundo humano es plural y en él
coexisten tantas formas de pensar y de ver el entorno como personas
hay encima de la superficie de este planeta redondo; ideas que reúnen
a muchas personas que comparten. Cualquiera que no acepte esto ya
está incurriendo en el mismo error de quienes dieron por sentadas
ideas sin cuestionarse siquiera por qué creían en ellas. Mi teoría
respecto a esto es que sucede por un defecto inherente al ser humano
que nos hace aferrarnos a las ideas como si fuesen objetos de nuestra
identidad. La pérdida de estos objetos nos produce el mismo
sufrimiento que cuando se pierde algo que es solo nuestro.
Pero ahora sabemos que la ciencia y el
sentido común nos dicen que las creencias son tan volubles y
efímeras como nuestra existencia misma. Asimismo, ninguna de
nuestras creencias es realmente nuestra, sino que hemos llegado a
ellas por otros. En realidad, la mayoría son el fruto de muchas
otras ideas, pero en su mayoría son creencias y no hechos
demostrables; en definitiva, puras especulaciones o elucubraciones
sin fundamento firme y científico. Los prejuicios, rumores y
opiniones interesadas son tan nefastos para seguir el camino de la
verdad como lo son las creencias.
Para llegar a una realidad certera,
tenemos que entender que la que consideramos nuestra realidad es tan
solo un plato cocinado por nuestro cerebro, cuyos ingredientes son
los sentidos y el conocimiento sensible. Dicho de otra manera,
nuestro cerebro construye la realidad en la que creemos vivir, pero
esta, al igual que creer que la Tierra es plana, es tan solo una
idea. Las creencias nunca nos llevarán cerca de la verdad; por el
contrario, nos alejan de ella. Para acercarnos, tenemos que tomar un
camino difícil y lleno de dificultades. Tenemos que utilizar solo
los ingredientes puros de la ciencia demostrativa y la experiencia de
los sabios. Aquella bonita frase que dice “cuestiónatelo todo”
es perfectamente aplicable en esto. Porque si no pasamos un filtro
que verifique la calidad de nuestros ingredientes, podemos arruinar
todo el plato y acabar falseando nuestra percepción de la realidad.
Para andar este camino, debemos tener siempre una mente abierta y no
esperar nunca un resultado concreto. Pues es sabido que, de una
manera o de otra, podemos alterar el resultado de lo que observemos
mediante la simple observación.
Desde la filosofía clásica, e
incluso puede que mucho antes, el hombre se ha hecho todo tipo de
preguntas trascendentales con el fin último de llegar a la verdad.
El mismísimo Buda se lo planteó y llegó a escribir sobre ello. Su
conclusión fue que solo había cuatro nobles verdades. Pero estas
cuatro verdades se referían, por supuesto, a la espiritualidad del
ser humano, sin entrar en la vida mundana ni en el análisis del
propio samsara donde, según Buda, nos ha tocado vivir. A este
respecto, pienso que las enseñanzas de Buda solo son aplicables para
aquellos que están preparados para emprender un camino espiritual
hacia la iluminación; algo que pocos pueden. Para los demás, que
tienen que lidiar unas cuantas vidas en el samsara, les será
necesario primero entender las reglas del mundo del samsara. La
ciencia y todas nuestras capacidades de deducción lógica están
para ello. Las creencias solo están para alejarnos del camino de la
verdad.
La ciencia ayuda a percibir la
realidad de las cosas, así como la historia, que no deja de ser una
rama de la misma. Esto es así porque se demuestran las cosas con
argumentos y pruebas que no dejan margen para la duda. No obstante,
siempre tendremos que tener presente que la ciencia tampoco es
infalible. Los científicos, historiadores y organizaciones son
personas o están dirigidos por ellas, por tanto susceptibles de caer
en la corrupción, el error o el engaño. Así pues, tenemos que
andarnos con cuidado también con la ciencia y la información que
nos llega de ella.
Las deficiencias de la gente, así
como la facilidad que tenemos para aferrarnos a las ideas sencillas
sin analizarlas ni cuestionarlas, son aprovechadas por políticos y
organizaciones con el fin de obtener poder, seguidores, adeptos o
fanáticos. Pues sabemos que, mediante la manipulación o la
ingeniería social, se puede engañar a mucha gente hasta crear una
corriente ideológica que se cierra a otras realidades. Estas
personas abducidas por el ideario ya no aceptarán, en su mayoría,
opiniones diferentes. Son ese tipo de personas que no soportan o
comprenden que haya otras que piensen diferente a ellas. Son el tipo
de personas que arrastran al disidente al destierro social,
intolerantes y susceptibles de crear conflictos violentos. Incapaces
de contemplar otras realidades, se ciegan y son incapaces de
cuestionar la ideología colectiva por la cual han quedado
secuestrados de mente y alma.
En lo político, algunos creen en algo
incluso cuando la ciencia, el sentido común y el tiempo han
demostrado que dichas ideas están equivocadas y acarrean terribles
consecuencias. En tal caso, ya no es una cuestión de ideas;
estaríamos ante otro problema del ser humano que también es causa
de grandes conflictos. El ser humano es gregario, necesita sentirse
querido y protegido por el grupo. Las modas, los partidos políticos,
las asociaciones, los clubes solo son formas de alimentar ese
sentimiento. El miedo al rechazo, la burla o la discriminación hace
que busquemos afinidades. Solo las personas con carácter y honestas
consigo mismas a eso les importa muy poco. De ahí que el objetivo de
los que pretenden el control de la sociedad busquen eliminar la
disidencia, bien haciendo que se sientan culpables por ser
diferentes, o mediante la presión de la misma sociedad.
Un efecto secundario del aferramiento
a las ideas es que perdemos, indirectamente, nuestra individualidad.
Es decir, aquello que queremos proteger, que en el fondo es nuestro
ego, se ve diluido en la colectividad. Nuestra energía vital se
desperdicia para fines egoístas de otros, a la vez que caemos en una
esclavitud intelectual.
Banderas, nacionalismo, símbolos,
ideología, religión, todo ello son las herramientas que el poder
utiliza para crear esclavos y diezmar a los librepensadores.